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Guillermo Sheridan

Lambisconería y anexas

Guillermo Sheridan (1950) es investigador en la UNAM y periodista. Ha publicado varios libros académicos sobre la cultura mexicana moderna, en ...

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23 de junio de 2015

La lisonja no es táctica privativa de México, pero sólo en México recibe doctorados honoris causa y califica como arte popular y revolucionario.

El nivel de zalamería en una cultura es proporcional al índice de gesticulación de sus miembros.

El porcentaje de mexicanos conscientes de que sus méritos no resisten el escrutinio, ni siquiera el de sí mismos (o sobre todo el de sí mismos), crea un ambiente propicio a la lisonja.

La lisonja reemplaza a la verdad: fortalece el ego de los inseguros y adormece la conciencia de los gesticuladores.

Una persona insegura se atraganta de lisonjas. Y se queda insegura.

Cuando en México se aparece un reglamento hay tres opciones: el dinero, la amenaza y la lisonja. Una por una son eficientes; en combinación, son letales.

En los ámbitos de la academia, las artes y las letras, la lisonja no es un hábito, es una forma de gobierno.

Nada solidifica tanto una máscara como la pleitesía de quienes buscan enmascararse.

Recibir y repartir lisonjas es una forma de corrupción. Es la forma no centavera de la mordida (aunque su meta final sea centavera).

La lisonja como moneda de cambio. La lisonja al portador.

La lisonja recibida se cotiza a la alta. La lisonja dada es inversión a plazo fijo. Ambas generan intereses.

Quien te lisonjea es un tipo de cambio.

En México, la lisonja recibida tiene valor curricular.

Los sistemas de evaluación académica deberían sincerarse: ANEXE USTED COPIA DE LAS LISONJAS RECIBIDAS.

Los escritores que anotan escrupulosamente las lisonjas recibidas saben que eso es lo mejor que escriben.

La palabra lisonja es mamona, lonjuda, cajetosa. Se supone que viene de “laus, laudi”, alabar en latín, macarroneado medieval como “losynga”: adulador. Se escribe con jota de México.

Los lisonjeros elegantes son zalameros, incensarios o genuflexos. Los populares son barberos o chupapatas. Los sinceros son lameculos.

La lisonja como cosa excremental es por Dante: en el Infierno (XVIII), fosa número dos, a la vueltecita de Malebolge, los lisonjeros nadan en estiércol.

“Lambiscón”, al parecer, es mexicanismo: es el que lame, el que lame mucho, como si fuera este premio la última vez.

Que lisonjear sea “hacer la barba” tendrá explicación remota. Cervantes ya emplea un refrán peluquero: “háceme la barba y hacerte he el copete”.

Es políticamente incorrecto asestar al peluquero la representación del servilismo, sobre todo cuando los políticos se ufanan de servir.

Lapsus linguae: “Permíteme presentarte al distinguido lisonjeado Menchaca”.

Los lisonjeros reparten insulina en las orejas diabéticas.

Además de la boca y la pluma, los aduladores viven de saber emplear una rodilla.

Diderot: “el oído bebe de un solo golpe la mentira que adula, y gota a gota la verdad que amarga”.

Ante la catarata cotidiana de lisonjas, ¿no añorará un insulto el tirano?

“Tírenme del saco si cometo dislates”, le ordena Vasconcelos a sus subordinados, pues “los lambiscones le descubren virtudes al diablo”.



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Editorial EL UNIVERSAL Rescuing the Metro


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