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Arturo Sarukhán

¿"Rule, Britannia…"?

Arturo Sarukhan es Embajador de México y consultor internacional basado en la ciudad de Washington, en Estados Unidos. Es Non Resident Senior ...

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06 de mayo de 2015

La pompa y circunstancia en la capital británica son inmutables, como si no pasara el tiempo. El cambio de guardia en el Palacio de Buckingham se da con reloj en mano y la reina sigue yendo en carroza a inaugurar las sesiones del Parlamento año con año. Pero por debajo de la superficie, se están dando cambios tectónicos para el futuro del Reino Unido y las elecciones parlamentarias de mañana podrían acelerarlos aún más. La canción patriótica del siglo XVIII Rule, Britannia! no sólo coincidió con la expansión marítima del reino y su surgimiento como potencia global hegemónica, sino también con la consolidación de un vigoroso sistema de democracia liberal. Por ello resulta paradójico que una sociedad que la canta ritualmente en la última noche de los conciertos de verano en el Royal Albert Hall y que suele entonarla en partidos de la selección inglesa, ponga en duda en la antesala de la elección precisamente esos dos grandes pilares de la política británica: su vigor democrático y su poderío internacional.

El descontento registrado en Europa hacia partidos escleróticos y política de “más de lo mismo” ha llegado a las islas británicas. En gran medida, el referéndum sobre la independencia de Escocia y el estrecho margen de victoria del “no” —más allá del notable ejemplo de democracia que el Reino Unido dio al mundo al permitir y organizar este ejercicio de autodeterminación— reflejan un hartazgo con el sistema político y partidista tradicional del país. La incapacidad de los partidos políticos de trascender los intereses de las partidocracias y ser correas de transmisión eficaces entre ciudadanía y políticas públicas es ya también un mal británico. Debajo de la fachada ajetreada de la metapolítica, todo parece estar paralizado, proceso triunfando sobre sustancia. Ello es en gran parte lo que explica por qué indistintamente de quién sea electo siguiente primer ministro (y los sondeos apuntan a una posible victoria estrecha del Partido Laborista que previsiblemente tendrá que gobernar en coalición con otros partidos de centroizquierda), Gran Bretaña podría amanecer pasado mañana paralizada con la atomización del voto entre cuatro o cinco partidos y con un gobierno débil que seguirá estando acotado por debates interminables sobre la dirección de las políticas públicas, la creciente desigualdad en la sociedad británica, el papel que juega la migración en la vitalidad de la nación y el pacto constitutivo entre ingleses, galeses, escoceses y norirlandeses.

A lo anterior se suma el hecho de que sin demasiado debate, Gran Bretaña, una de las potencias militares nucleares y convencionales, miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU, pilar de la OTAN y “aliado especial” de Estados Unidos, parece haber perdido su apetito e interés históricos por la política exterior y las relaciones internacionales. La decisión del actual primer ministro David Cameron de efectuar un referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea ha minado dramáticamente la capacidad de interlocución de Londres en Europa. Su posición ante el conflicto sirio, decidiendo someter a voto el uso de la fuerza para prevenir que la población civil siguiese siendo masacrada por el gobierno sirio y perdiéndolo, ante los acontecimientos en Ucrania y en las acciones contra ISIS, hablan del vasto repliegue de la huella internacional y de seguridad que Londres ha mantenido tradicionalmente en el exterior. Además, en el contexto de la elección, se debate una mayor reducción al presupuesto en materia de defensa y si se mantiene o no la capacidad disuasiva del arsenal nuclear británico abordo de los submarinos “Trident”. Aquí en Washington, a medida que la elección del 7 de mayo se ha acercado, hay un coro de voces que de manera abierta manifiestan preocupación por el repliegue estratégico de su aliado más importante.

Es axiomático que una sociedad británica fragmentada y preocupada por temas internos rechace los altos costos financieros y humanos incurridos a lo largo de una década en dos guerras simultáneas (Afganistán e Irak), y que temas de política exterior y de defensa reditúan muy pocos votos. También es indiscutible que la manera en la cual el ex primer ministro Tony Blair comprometió a Gran Bretaña en la aventura militar en Irak en 2003 es un legado envenenado para cualquier gobierno subsecuente —sin mayoría— con respecto al despliegue de tropas en el extranjero. Sin embargo, vale la pena notar que el historiador inglés John Seeley escribió en el siglo XIX que “pareciera que Inglaterra se ha hecho de un imperio como resultado de un acto de descuido”. Un siglo y medio después, Gran Bretaña podría perder el lugar que ocupa en el sistema internacional de la misma manera.

Embajador de México.
@Arturo_ Sarukhan



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