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Tom Long

Estados Unidos y Venezuela: de la tragedia a la farsa

El doctor Tom Long es profesor visitante de Relaciones Internacionales en el Centro de Investigación y Docencia Económicas en la Ciudad de M ...





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20 de marzo de 2015

La Historia se repite, según un famoso dicho de Marx, primero como una tragedia y luego como una farsa.

Las relaciones entre Estados Unidos y Venezuela, que han visto su cuota de tragedia, han pasado definitivamente a la etapa de la farsa.

En las últimas dos semanas, la absurdidad ha escalado. Citando infundados complots sobre un golpe de Estado, el presidente venezolano Nicolás Maduro ordenó la reducción del personal de la embajada estadounidense en Caracas. Días después, Estados Unidos lanzó una bofetada de sanciones —si bien limitadas y centradas en personajes específicos— contra Venezuela. La respuesta fue fuerte y descarada, pero era de esperarse. Venezuela lanzó ejer-cicios militares para preparar-se contra una mítica invasión estadounidense. Lo que es más preocupante, los gobiernos de la región denunciaron a Estados Unidos, pero se mantuvieron en silencio respecto al deterioro de la democracia venezolana.

Primero, la tragedia. El presidente Hugo Chávez llegó al poder montado en la ola del desencanto venezolano. Chávez tendría diferencias sustanciales con Washing-ton, pero una relación agria e improductiva no era inevitable. Un golpe en 2002 alteró el rumbo de la relación, hundiendo cualquier posibilidad de encontrar un modus vivendi cuando la administración Bush dio la bienvenida, si bien brevemente, a la transferencia ilegal del poder.

Chávez regresó al poder días después. Vinieron las recriminaciones. La tragedia se profundizó cuando Maduro ganó una elección por estrecho margen, poco después de la muerte de su mentor, frente a una oposición fortalecida como nunca antes. Las protestas callejeras derivaron en violencia; las figuras de la oposición, incluyendo el alcalde de Caracas, fueron encarcelados bajo cargos engañosos. Mientras tanto, el colapso económico y el incremento de la criminalidad han dificultado y vuelto más riesgosa la vida diaria.

Ahora, la farsa. Carente de la autoridad, las habilidades políticas de Chávez y su buena suerte con los precios petroleros, el apoyo a Maduro se ha desvanecido.

Si bien Chávez arremetió contra los oponentes y contra Estados Unidos, también basó su régimen en la conexión con muchos ciudadanos. En el exterior, creó organizaciones y derrochó petróleo.

Maduro, que no es una figura que goce de cariño profundo, ha optado por ser temido. Pese a tener un férreo control sobre la mayoría de las instituciones políticas, Maduro buscó el poder de gobernar por decreto de aquí hasta que finalice el año, en teoría para frustrar un derrocamiento orquestado por EU. Esos poderes tendrán poco efecto en Estados Unidos, pero funcionan como una advertencia a la oposición. La inflación, la escasez de bienes de consumo y la dependencia de un solo recurso siguen empeorando.

La política estadounidense también ha dado un giro desafortunado y amenaza con socavar relaciones regionales más amplias. Las sanciones de EU, que afectan únicamente a siete funcionarios venezolanos, incluyen una frase que denomina a Venezuela como una amenaza para la seguridad nacional de EU.

Estas palabras aparecen en casi todas las sanciones de este tipo, incluyendo aquellas contra ex líderes de la República Centroafricana. Nadie en la administración las cree en sentido literal, pero el resultado de este procedimiento burocrático de operación estándar fue dar a Maduro el garrote retórico que necesitaba para aporrear a sus enemigos y complacer a su base. De hecho, ya utilizó esta justificación para expandir las órdenes ejecutivas y lanzar ejercicios militares. En Washington, las presiones burocráticas y del Congreso para hacer algo (¡lo que sea!) en protesta por la situación en Venezuela nublaron un juicio estratégico más amplio.

Venezuela no amenaza la seguridad nacional de EU. No habrá invasión. Sin embargo, eso no significa que no habrá consecuencias. Para Venezuela, éstas incluyen instituciones más débiles y más polarización. La oposición será constantemente retratada como marioneta de EU. La hostilidad debilitará y colapsará el comercio y la inversión, golpeando a los venezolanos que ya ahora enfrentan una difícil situación.

Para Estados Unidos, las consecuencias recaerán en gran medi-da en sus relaciones con América Latina. El momento elegido es desafortunado, pues las sanciones amenazan con opacar lo que es más importante, las mejoras en las relaciones con Cuba. La próxima Cumbre de las Américas en Panamá debía ser la ocasión para aprovechar ese momentum y ampliar la cooperación con el resto del hemisferio, particularmente con los gobiernos de centroizquierda. Ahora, las sanciones y el subsecuente revuelo que causaron han dado a esos gobiernos una razón para decir que Estados Unidos no ha cambiado —quizá no pueda hacerlo— la forma como trata a Latinoamérica.

El doctor Tom Long es profesor visitante de Relaciones Internacionales en el Centro de Investigación y Docencia Económicas en la Ciudad de México. Es autor de “Latin America Confronts the United States: Asymmetry and Influence” (Latinoamérica confronta a Estados Unidos: Asimetría e Influencia), que publicará Cambridge University Press



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