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José Antonio Crespo

De la protesta social a la protesta electoral

- Licenciatura en relaciones internacionales. El Colegio de México - Maestría en Sociología política. Universidad Iberoamericana. - Docto ...

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El voto nulo, a diferencia del partidista, quita legitimidad y niega explícitamente autorización para que los partidos continúen por donde van

05 de enero de 2015

Coincido con quienes señalan que nuestra transición democrática no ha sido tal, que confiamos en exceso de la apertura electoral como eje de la democratización del régimen político. En efecto, la apertura y competitividad electoral constituyen sólo uno de los dos elementos esenciales de una democracia: el acceso al poder. El otro tiene que ver con el ejercicio del poder —relacionado directamente con los contrapesos políticos y la rendición de cuentas—, y es ahí donde estamos atorados. Competencia real hubo y su consecuencia natural, la alternancia. Pero ello no se tradujo en una vigilancia mutua de los partidos y menos en la rendición de cuentas. Y es que cada partido decidió que la corrupción y la impunidad se democratizaran para beneficio de todos ellos, propiciando la complacencia y complicidad para hacer la vista gorda ante la corrupción, así como el intercambio consecuente de impunidad. Se establecieron acuerdos básicos entre los partidos que les benefician contra el interés general de la sociedad civil.

Hoy la protesta se ha concentrado en el gobierno federal, pero de alguna forma refleja la desconfianza y malestar contra toda la clase política. La pregunta es si las elecciones podrán ser todavía un instrumento para crear las condiciones políticas que faciliten avanzar en aquello en que estamos atorados: la lucha contra la corrupción y la impunidad. Está claro ya que ningún partido ha tomado en serio dicho esfuerzo. La presión tiene que venir de la sociedad civil, y las elecciones pueden ser un instrumento válido (aunque no exclusivo) para convertir dicha inconformidad en una presión eficaz. El problema radica en que la propia sociedad civil se encuentra dividida y confrontada sobre cómo podrían utilizarse los comicios para lo que al parecer es un propósito compartido: atacar a fondo la corrupción.

Son muchos los que piensan que la mejor forma de ayudar en ese empeño es votando por el partido favorito, por lo cual se fortalecerá lo que tenemos (más o menos) de institucionalidad democrática. Seguramente quien así piensa constituye un bloque importante de la sociedad civil. Pero me parece que eso apuntala el statu quo en lugar de presionar hacia un cambio cualitativo del régimen partidario y político, pues inyecta nuevas dosis de legitimidad y autorización a los partidos (y la clase política) para que continúen por su actual ruta, que es la más cómoda y benéfica para ellos (no para nosotros). En el extremo, el movimiento de familiares de los normalistas desaparecidos se va al extremo opuesto; propone boicotear las elecciones, es decir, tomar medidas para que éstas no puedan realizarse, lo que implicaría incurrir en actos delictivos (como la toma de las sedes del INE) apostando —correctamente— a que prevalece la impunidad hacia ellos. Esto se basa en una lógica revolucionaria (que se enseña en muchas normales) de derrocar no sólo al presidente, sino al régimen completo, en la utópica esperanza de que de ahí surgirá una edad dorada de la nación.

Hay otros más que apelan al abstencionismo como forma de protesta y como vía de presión política. El problema con ello es que la abstención responde a múltiples causas, por lo cual un índice elevado de abstención es difícil de identificar como protesta política. De ahí que yo considere desde 2009 que una forma de hacer presión política más eficazmente es anulando el voto, pues ahí no cabe ya duda de la motivación que la anima. Y eso mismo escatima legitimidad a los partidos que se verían orillados (como ocurrió después de 2009) a restaurarla a través de cambios importantes en la legislación y quizá hasta en su comportamiento político. El voto nulo, a diferencia del partidista, quita legitimidad y niega explícitamente autorización para que los partidos continúen por donde van. A mayor proporción del voto nulo, evidentemente, mayor y más eficaz la presión así generada. Sin embargo, la división de la sociedad al respecto reduce la probabilidad de una acción orquestada realmente eficaz. Con ello, los partidos ganan nuevamente.

Profesor del CIDE



Editorial EL UNIVERSAL Binational crime


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