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Porfirio Muñoz Ledo

La dádiva migratoria

Ex embajador de México ante la Unión Europea. Su trayectoria política es amplia y reconocida: fue fundador y presidente del PRD, senador, di ...

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29 de noviembre de 2014

Inmersos en los escandalosos eventos nacionales, reflexionamos poco en asuntos al parecer periféricos, pero que atañen significativamente el futuro de la nación. Nada de lo que ocurra a los mexicanos residentes en el extranjero debiera sernos irrelevante, ya que de su fuerza social y de la vinculación efectiva que tengamos con ellos depende en no poca medida nuestro futuro.

El último proyecto migratorio impulsado por Obama en Estados Unidos, a través de una orden ejecutiva, y la eventual discusión en el Congreso de la reforma migratoria en enero del año próximo, no pueden verse solamente como el pago de una factura política a la comunidad “hispánica” en vistas a las próximas elecciones federales en que los votos de esta poderosa minoría serán definitorios para el partido demócrata. Aparece políticamente como una dádiva —regalo que se da en señal de agradecimiento— que corresponde también a una visión del futuro sobre el profundo cambio socio-demográfico en ese país y a la enorme contribución que prestan los inmigrantes a la vitalidad de su economía. Significa la asunción de que los no nacidos en su territorio y sus descendientes están destinados a ser mayoría a la vuelta de unos años.

La orden ejecutiva tiene una amplitud acotada pero permite a los provenientes de este hemisferio una opción viable para recibir un estatus legal temporal, en espera de la decisión congresional. Abarca 11 millones de migrantes, de los cuales 7 son de origen mexicano, propone a la vez eliminar el tráfico ilegal de personas y estimular la permanencia de individuos dotados de niveles académicos o económicos superiores.

Estamos aún lejos de la llamada amnistía y los requisitos para la regularización temporal son estrictos. Equivale, por otra parte, a superar el Tratado de Libre Comercio encarando fenómenos que entonces fueron eludidos, como el tránsito de personas y el tráfico de armas que habrán de merecer decisiones políticas. Ambos son temas típicos de responsabilidad compartida que preocupan a los dos países y sería un error que no encabezaran también la agenda mexicana con Estados Unidos.

Somos parte esencial del debate y también de la solución. En la unión americana está ocurriendo un cambio civilizatorio del que nosotros formamos parte. Con los matices que se quiera habrá de llegarse a un acuerdo migratorio que permitirá por ahora a más de 6 millones de mexicanos regularizar temporalmente su situación legal en ese país. Mientras más crezcan en número y en peso electoral, más efectivas serán sus demandas. Lo importante es estrechar las coincidencias con las causas de México.

Se han adelantado cuando menos dos ideas para que nuestro país ocupe el papel que legítimamente le corresponde. La primera es un acuerdo de cooperación a efecto de facilitar a través de nuestra red de consulados el sinnúmero de trámites que nuestros compatriotas van a requerir para su estancia legal en su oportunidad. La otra consiste en reanimar los proyectos congresionales de voto y representación de compatriotas en el extranjero. Una cantidad potencialmente mayor de mexicanos podrá votar en elecciones nacionales si credencializamos al mayor número y aceptamos su voto presencial o electrónico en territorio norteamericano. Mayor sería todavía su participación electoral si tuvieran derecho a elegir representantes en las cámaras del Congreso de la Unión y de los estados.

El proceso de integración de las dos poblaciones es indetenible, debemos verlo desde una perspectiva histórica. Decíamos en reciente congreso latinoamericano que el sur comienza ahí donde hay comunidades “hispánicas” organizadas.

Todos los vínculos que establezcamos con nuestros compatriotas del exterior —culturales, económicos y políticos— contribuirán a fortalecer sus luchas en el país de su residencia, a robustecer nuestra presencia en el ámbito internacional y a incrementar nuestra capacidad bilateral de negociación. Implica el reconocimiento de que somos una nación que trasciende sus fronteras, aboga por el respeto irrestricto de los derechos humanos y afirma su cabal identidad en el mundo.

Comisionado para la reforma política del Distrito Federal



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