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Álvaro Enrigue

La raya en el agua

Alvaro Enrigue es escritor. Su novela más reciente es Decencia (Anagrama). Ganó el premio Joaquín Mortiz con La muerte de un instalador. Es ...

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08 de noviembre de 2014

Hubo un momento, en la última década del siglo XX, en que el hecho de que en México no hubiera alternancia democrática en el poder federal se convirtió en una idea simplemente insoportable no sólo para los bienpensantes de siempre, sino para la sociedad completa, incluyendo al grupo que monopolizaba las funciones del Estado.

El PRI antidemocrático permitió las reformas que todavía nos dejan elegir —al parecer mal, pero elegir al fin— a los gobiernos federales y locales después de años y años de presión de izquierdas y derechas, sobre todo por una sensación autoinflingida de oprobio. El presidente Zedillo no fue un héroe, fue un hombre con sentido del ridículo, que entendió que el arco de la tolerancia al monopolio partidista ya se había doblado, que la dictablanda era un oso universal, que el sistema de gobierno que encabezaba era simplemente impresentable porque estaba muy por debajo de las expectativas de una nación grande, significativa y rica como es México; que para que el país encontrara una armonía con su estatura, la clase gobernante tenía que dejar de exhibirse como un grupo de sátrapas bananeros que se pasaba el poder como si fuera el balón.

Tengo la impresión de que la severa, rotunda, admirable reacción de la parte más joven de la sociedad mexicana a los hechos insoportables de Ayotzinapa se parece mucho a la que vimos del año clave de 1994 en adelante —los años duros, pero también prodigiosos, en que el tránsito a la democracia se hizo inevitable. Todos en la calle, todos con el dedo en el renglón, todos muy de malas. Los adultos, que entonces eran nuestros padres, tal vez una pizca avergonzados de que hubiéramos tenido que salir a reclamar el país que queríamos porque ellos no nos lo habían podido dar.

Estamos hoy en una situación similar, pero del otro lado de la cancha. Los mayores llevamos años señalando que éste no es el México que queríamos y nada pudimos. La frivolidad asesina del gobierno anterior, la arrogancia sin pruebas de éste fueron inconmovibles para los que reclamamos ya montados en el sistema porque de algún modo, somos sus cómplices: también le pagamos salarios de hambre a nuestros empleados porque sabemos que nunca nos van a llevar ante la justicia, también damos mordidas cuando nos agarran en falta, tarde o temprano a todos nos toca nuestra tajadita del presupuesto, tenemos cola que nos pisen.

No creo que sea el momento de regresar a un gobierno centrado en un presidente sin contrapesos que todo lo controle, incluidos a los grupos criminales y sus socios en el gobierno. Suponer que la renuncia del presidente resuelve el problema es demandar otro emperador, pensar como priísta. Es mucho más interesante lo que tenemos. Un presidente desencajado que ve a esos chicos en la calle y por fin descubre que tiene que ser mucho mejor de lo que pensaba que era; un presidente en contrición que por fin entiende —tarde, pero entiende— que gobernar es más complicado que hacer campaña; un presidente al que está por caerle el veinte de que sí es un empleado y tiene que hacer su trabajo a riesgo de convertirse en una figura que da penita en el extranjero.

Desde el movimiento de los 132, nuestros hijos se abrogaron el turno de generar un cambio. Son ellos los que están ahora ahí, en la calle, demandando un país que se parezca a sus expectativas y deje de ser este reguero de vampiros en el que vivimos. Creo, tal vez de manera cándida, que lo que el régimen siente es, otra vez, vergüenza: las formas de la colusión entre los sociópatas que medran con la violencia y los enanos que los toleran gananciosamente en los distintos niveles de gobierno ya se volvió insoportable. Se dobló el arco de la tolerancia y es hora de pensar qué sistema de justicia queremos con la seriedad con la que tal vez nosotros, como generación, nunca pensamos qué tipo de democracia queríamos.



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