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Carlos Bravo Regidor

Menos Hobbes, más Maquiavelo



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04 de noviembre de 2014

En torno a los acontecimientos del 26 de septiembre en Iguala han surgido en la conversación pública mexicana dos interpretaciones.

Por un lado está la que se enfoca en la arbitrariedad entendida como abuso de poder: en la participación directa de funcionarios y policías municipales en el asesinato y desaparición de los normalistas de Ayotzinapa, así como en la presunta protección política que les brindaron el ahora gobernador con licencia y los dirigentes nacionales del PRD.

Por el otro lado está la que pone el énfasis en la anarquía entendida como carencia de autoridad: en la violencia tradicional de la política guerrerense, en la debilidad de las instituciones locales, en la incapacidad de la fuerza pública para garantizar la seguridad y hacer valer la ley e, incluso, en su infiltración por parte de organizaciones del crimen organizado.

Así, mientras la primera interpretación concluye que se trato de un “crimen de Estado” (e.g., http://j.mp/ioagacde, http://j.mp/rmafee o http://j.mp/mcaumda); la segunda insiste, por el contrario, en que fue consecuencia de una “falta de Estado” (e.g., http://j.mp/pmgpesa, http://j.mp/msfade o http://j.mp/ssrcsa).

¿Cómo salir de esa suerte de empate entre interpretaciones que parecieran cancelarse mutuamente? ¿Cómo resolver que lo que una califica como un exceso la otra lo defina como un déficit? ¿Cómo ir más allá de semejante incompatibilidad en el uso de un mismo término, “el Estado”?

En primer lugar, habría que cuestionar el estadocentrismo que comparten ambas interpretaciones. Una lo condena como agente, otra lo lamenta como ausencia, pero las dos ubican por igual al Estado como una única unidad de análisis, como eje causal de sus respectivos relatos, como gran motor de la historia. Como si la acción u omisión del Estado fuera, pues, lo que debe explicar la realidad y no parte de la realidad que debe ser explicada.

En segundo lugar, convendría problematizar la noción de Estado que dichas interpretaciones suponen: un actor unitario con consciencia y voluntad propias; un ámbito bien delimitado, coherente y separado de “la sociedad”; un aparato monolítico que opera (o no opera) sin mayores complicaciones, disparidades o desarticulaciones. Es decir, más una fantasía normativa (casi un argumento teológico) que un proceso histórico o un fenómeno social.

Y en tercer lugar, sería sensato procurar más especificidad y menos abstracciones a la hora de describir los hechos y atribuir responsabilidades. Porque decir “fue el Estado”, o “fue por falta de Estado”, es abrir espacio para el juego de los deslindes y las irresponsabilidades al que se ha entregado el grueso de la clase política, un juego en el que al final el Estado termina haciendo las veces de un personaje muy poderoso, o muy débil, al que todos nombran pero nadie sabe quién es.

Hace algunos años el antropólogo estadounidense Clifford Geertz escribió (http://j.mp/cgwsins) que hay cierto tipo de lugares en los que la expectativa del Estado nacional como entidad soberana constituye un obstáculo para identificar las configuraciones políticas realmente existentes en sus territorios. Lugares en los que es indispensable admitir que el ejercicio efectivo de la dominación no corresponde, o al menos no del todo, a la forma Estado. “Lugares complicados”, les llamaba, cuyo análisis requiere una mirada “menos Hobbes, más Maquiavelo”: menos obsesionada con la verticalidad del Estado, más atenta a las asimetrías de la política; menos dada a buscar certezas, más capaz de tolerar incertidumbres; menos el orden mecánico del Leviatán, más la inteligencia estratégica de El Príncipe.

Quizás Guerrero sea ese tipo de lugar. Y quizás para entenderlo haga falta una mirada como la que proponía Geertz: menos Hobbes, más Maquiavelo.

Profesor Asociado en el CIDE
@carlosbravoreg



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