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Élmer Mendoza

Miguel Ángel Manrique

Elmer Mendoza. Escritor, Culiacán, Sinaloa. Estudió Letras Hispánica (UNAM). Imparte literatura, creación literaria, programas y conferenc ...

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02 de septiembre de 2014

Descubrir un escritor es lo más parecido a un abrazo fuerte y afectivo. Interpretar su universo imaginativo es punto a favor de todo lo intangible que nos rodea, nos absorbe y nos permite manifestarnos como cultura en movimiento. Tal me ha ocurrido con Miguel Ángel Manrique, que nació en El Carmen de Bolívar, Colombia, en 1967, y vive en Bogotá. Ellas se están comiendo al gato, publicada en su país natal en abril de 2013 por Taller de edición Rocca, es una novela de zombis que deja claro que, “los límites morales entre los monstruos y los seres humanos son imprecisos.”

La novela transcurre en Bogotá, en un futuro no muy lejano, donde el virus Z ha convertido a la población en muertos vivientes. Los que continúan sanos quieren llegar a Tierra del fuego donde se supone que sobrevive una colonia de humanos que llegaron del norte. El narrador, un periodista que investiga la epidemia, su maestro T y unos pocos más son los que aún no han sido infectados. Cada capítulo es un caso de alguien que ha tenido la suerte de vivir el momento de manera significativa, ya sea porque se salva o porque, lleno de cansancio, permite que algún muerto viviente lo muerda y se transforma; así, tenemos niños, mujeres, ancianos, actrices, científicos y más, víctimas de un flagelo que ha conseguido acabar con la humanidad. Con un estilo claro, mesurado y lleno de guiños, Manrique crea una metáfora del fracaso a partir de gobernantes mediocres que prefieren el engaño reiterado y las declaraciones tranquilizadoras a afrontar cualquier situación inédita acorde a las nuevas circunstancias; además de gobernar una sociedad completamente permisiva que se deja llevar por sus mensajes vacíos. Si nos atenemos a la idea de Umberto Eco, “El texto… es un artilugio para provocar interpretaciones” (Confesiones de un joven novelista, 2011) la presente novela es una caja de sorpresas, donde el humor, el amor, la esperanza y una paloma mensajera tienen su lugar, y cada lector, si le da la gana, será un intérprete activo que hará que la novela se expanda.

“El hombre busca la inmortalidad y emular a Dios… desea ser eternamente joven… cree en la resurrección de los muertos”, expresa el autor que crea este universo zombi donde todos está condenados a mudar de condición. Cada caso es una variedad dramática que pocas veces deriva hacia el terror. Más bien se trata de un estado irremediable. Ramírez, el cazador de zombis, ha desarrollado una técnica eficaz que sin embargo no hará que se altere el futuro, en una época donde “el culto al trabajo convirtió al hombre moderno en un autómata”. Con prosa perfecta e incisiva, Miguel Ángel Manrique toma el control de sus personajes y no les permite mayores movimientos. Igualmente, deja claro que la única virtud que sustenta al novelista, es su capacidad para contar historias en un tiempo especial, que es clave en la calidad de la novela. “Las buenas historias me mantienen con vida”, afirma una personaje que tiene más de 100 años, y que habita un departamento donde cultiva té de yerbabuena.

Ellas se están comiendo al gato hace señalamientos interesantes; por ejemplo: “En este país, nunca nos preparamos para nada”, no me digan que no es un perfil que compartimos y padecemos con frecuencia en México; “¿quién se pregunta por el sentido a estas alturas de la vida? Claro que nada tiene sentido”. A veces flota en el aire una especie de condena sumaria de la que no podremos escapar, y los que se hacen las preguntas apremiantes sobre el sentido de la vida son demasiado pocos. A la par, propone una receta para cocinar gato al huacatay, que lleva cebolla picada y tres galletas de vainilla molidas, que le hará pensar en el futuro de esos tremendos amorosos nocturnos. Por supuesto que es una novela llena de zombis, sin embargo al leerla, es posible reflexionar en la riqueza del fondo creativo en que el novelista se manifiesta.

Miguel Ángel Manrique, que obtuvo el Premio nacional de novela del ministerio de cultura de Colombia en 2008, es un autor que trabaja una tradición literaria distinta a la valiosa literatura de su país. Su acierto narrativo se sustenta en un ritmo perfecto, la variación en el perfil de los personajes, un lenguaje adecuado, un fino humor y ese aire que cruza las palabras que incita a querer saber que nos depara la última página. Ahora que los libros se consiguen con tanta facilidad, podremos saber en qué estado de descomposición se halla el zombi que todos llevamos dentro.



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