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Carlos Bravo Regidor

El salario y la ideología del "libre mercado"



12 de agosto de 2014

Muchos de los argumentos contra el aumento al salario mínimo constituyen una muestra clarísima de cómo funciona la ideología del “libre mercado”: de cómo desdeñar la miseria que padecen millones de personas en aras de la fidelidad a una ortodoxia; de cómo reducir grandes conflictos distributivos a meras variables dependientes; de cómo despolitizar una discusión básica de economía política apelando a una noción de la ciencia económica cuyo efecto es, más bien, el de un discurso de clase hegemónica.

Un ejemplo es el artículo que Jorge Suárez-Vélez publicó la semana pasada en El Financiero (http://j.mp/suarezv). De entrada está la displicencia que se anuncia ya desde el título; la arrogancia con la que afirma su opinión como si fuera una verdad revelada que no necesita habérselas con los datos que la contradicen; el tono a medio camino entre dogmático y despectivo de quien no sabe admitir como relevantes ni legítimas preocupaciones sociales aunque le sean, en lo individual, evidentemente ajenas.

Dice Suárez-Vélez que el tema no es aumentar los salarios sino la productividad, que no hay que confundir los efectos y las causas, que “si cada trabajador agrega más valor, podrá recibir una mayor compensación sin mermar la rentabilidad de la empresa”. El problema es que durante los últimos años eso es precisamente lo que no ha ocurrido en México (http://j.mp/munguiac), ni en Estados Unidos (http://j.mp/epilmishel) ni en muchos otros países (http://j.mp/laborcomp). Las tasas de productividad crecen pero los salarios se mantienen casi igual o, si acaso, crecen a tasas menores. Lo que prescribe el modelo, que los salarios subirán conforme suba la productividad, hace tiempo que ya no lo muestra la evidencia.

¿Qué ocurre entonces con la riqueza adicional generada por el aumento en la productividad? El caso de Estados Unidos desde la década de los setenta es muy ilustrativo: aumento de la productividad, estancamiento del salario, aumento del ingreso del 1% más rico (http://j.mp/bauerlein). Es decir que los trabajadores son efectivamente más productivos pero siguen ganando lo mismo… mientras los más ricos se hacen cada vez más más ricos. En ese contexto, insistir en que lo importante es incrementar la productividad antes que los salarios es insistir en que hay que explotar aún más a los trabajadores.

Suárez-Vélez, no obstante, pregunta “¿cuándo veremos que un sindicato amenace con una huelga a una empresa no porque quiere que el empleado reciba más por hacer lo mismo, sino exigiendo capacitación y que la empresa invierta en maquinaria, equipo y tecnología para aumentar la productividad del empleado?” Cuesta mucho trabajo tomarse la pregunta en serio, en parte porque desde principios de los años ochenta cada vez hay menos huelgas (http://j.mp/alserdan), en parte porque la tasa de trabajadores sindicalizados apenas raya en el 10% (http://j.mp/zepedam), en parte porque es tan extraño como preguntarse cuándo veremos empresarios más ocupados en mejorar las compensaciones de sus empleados que en hacer crecer sus utilidades. Con todo, la respuesta parece obvia: los sindicatos se ocuparán de la productividad cuando la productividad repercuta positivamente en los salarios.

La pregunta es más bien cuál es la causa de la creciente brecha entre productividad y salarios. Y la respuesta parece estar en la propia ideología del “libre mercado”: en la fantasía de que en la economía no hay, no debe haber, política; de que el salario no es, no puede ser, más que un reflejo de la productividad; de que toda política pública, norma o institución que intervenga en ese sentido (llámense salarios mínimos, derechos laborales o sindicatos) es, tiene que ser, una “distorsión”.

Inversión, eficiencia, productividad, competitividad, “discutamos lo que de verdad importa”, remata Suárez-Vélez. Pero… ¿lo que de verdad importa a quién?

 

@carlosbravoreg
Profesor asociado en el CIDE



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