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Ricardo Becerra

No podemos seguir ignorando el salario mínimo



07 de agosto de 2014

Dice la mitología presentísima, que México se halla encaminado en una ruta de crecimiento y modernidad. Las muchas “reformas estructurales” importantes han sido aprobadas y por ende, la prosperidad —ya viene, ansiosa— hacia nosotros. Pero ¿y el ingreso de los ciudadanos?

Esta incómoda variable (su bolsillo, estimado lector) por treinta años, ha sido pospuesto de la ecuación y nos dicen: primero buen comportamiento; primero productividad, competitividad, ajuste, crecimiento y luego, veremos, vendrá el incremento a los salarios, particularmente, a los salarios mínimos.

No importa que el salario mínimo haya visto un descenso de 75% de su poder adquisitivo; no importa que el 70% del nuevo empleo se ubique en niveles inferiores a los de 2008; no importa que 7 millones, ahora mismo, perciban el microsalario: por prescripción del modelo deben seguir esperando la llegada del país de nunca jamás.

Ante este mito, esperado por más de 30 años, el jefe de Gobierno del DF se preguntó: ¿no será hora de discutir el nivel de salario de la ciudad y del país en su conjunto? Y más importante: ¿no será cierto que los bajos salarios —más bajos que China, Honduras que Eslovenia— son factor de nuestro mediocre crecimiento?

Y resulta que la evidencia del mundo —Estados Unidos, Alemania, Brasil, Chile, Uruguay— muestra que sí: los salarios mínimos tan bajos son un factor de pobreza y de estancamiento.

El Foro Internacional concluido ayer, demostró que los salarios deben volver a cobrar protagonismo: no son variable subordinada, dependiente, sino activa, variable propulsora de la demanda y el crecimiento.

Durante muchos años, hemos vivido a la sombra de un espantapájaros: no debe haber incremento salarial por decreto. Pero da la casualidad que, con esa frase, se omite la pura realidad: en México se ha decretado —en el Diario Oficial, todos los fines de diciembre, desde hace tres décadas— el precio del salario mínimo. El decreto existe desde los años ochenta, sólo que, existe para limitar el ingreso de los más pobres.

De modo que ha llegado la hora de cambiar, de discutir seriamente: ¿podemos crecer, a partir de ingresos tan miserables? Y la evidencia mundial nos dice que no: debe ocurrir una reforma estructural para la redistribución. El salario mínimo no sólo no perdió importancia, sino que debe volver a ser una institución crucial de la economía nacional, aún más, después de la borrachera de las reformas estructurales que acabamos de sufrir.

Es tiempo de debatir cómo ha de actualizarse y cómo ha de ayudar a resarcir el poder adquisitivo.

 

Subsecretarío de Desarrollo Económico y Sustentabilidad del GDF



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