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Carlos Bravo Regidor

"Tengo que morir todas las noches"



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15 de julio de 2014

Hace falta contar otras historias del cambio democrático en México. Historias que revienten ese corsé narrativo en el que se ha convertido “La Transición” y que den cuenta de otros ámbitos y otros actores distintos de las elecciones, las reformas, los partidos, la política y el gobierno. Contar, por ejemplo, cómo fue transpirando la experiencia de la democratización en la trama menuda de la vida cotidiana —en la calle, en el trabajo o la familia; en las creencias, en el lenguaje o las costumbres— y explicar qué significó concretamente en tal o cual sitio, para este o aquel grupo social. Digamos que hace falta democratizar el relato de la democracia.

Tengo que morir todas las noches (México: Debate, 2014), el reciente libro de Guillermo Osorno, representa una muy meritoria aportación en ese sentido.

Osorno cuenta la historia de El Nueve, un audaz experimento a medio camino entre bar, cabaret y casa de la contracultura gay que existió en la Zona Rosa desde mediados de los setenta hasta fines de los ochenta. Es la historia, por un lado, de una red de vínculos personales, de relaciones públicas y dineros que confluyeron para dar vida a un club que hizo época; y, por el otro, de un conjunto de personajes increíbles como Xóchitl, un travesti autoproclamado “Reina de los Homosexuales” que intermediaba la relación de la comunidad con las autoridades capitalinas; como Jacqueline Petit, una jetset que fue la primera mujer en aventarse de La Quebrada; o como Henri Donnadieu, un carismático bon vivant que supo convertir el gran negocio de la fiesta en el germen de un ambicioso proyecto cultural.

Pero al contar la historia de El Nueve Osorno va contando también una historia sobre la ciudad de México, sobre el surgimiento de una nueva vida nocturna cuyos espacios más diversos y atrevidos poco a poco fueron constituyéndose como una exitosa alternativa no sólo para que el mundo homosexual dejara de ser un mundo clandestino, marginal y vergonzante, sino para que los sectores de la población sin prejuicios homofóbicos se integraran abiertamente a él y, al hacerlo, lo integraran asimismo al suyo. Es una historia que acusa un fuerte sesgo de clase (sus protagonistas son las clases medias, medias altas y altas) pero en la que, aún así, es enteramente identificable cierta chispa democratizadora que llega hasta nuestros días.

Más aún, al contar esas dos historias —la de un antro tan improbable como entrañable y la de una ciudad de México que comenzó a reinventarse como una ciudad abierta a la diversidad sexual— Osorno cuenta a su vez una tercera historia: la del “coming of age” de su generación durante unos largos años ochenta cargados de crisis, de agonía e incertidumbre pero, al mismo tiempo, de resiliencia, de aguante e iniciativa. Es la historia de una juventud que se descubrió a sí misma en el invierno cultural de la década post-Avándaro, en los estragos del fin del milagro económico mexicano, en los furiosos estertores del consenso conservador posrevolucionario. Una generación desencantada pero aventurera, sin épica ni monumentos pero no por eso perdida ni intrascendente: la generación de las devaluaciones, la inflación, el SIDA; de La Maldita Vecindad, Botellita de Jerez, Caifanes; de Eugenia León, Jesusa Rodríguez, Astrid Hadad; de los hoyos funqui, Rockotitlán, del Acapulco sobre el que escribió su deslumbrante crónica Ricardo Garibay; de Martín Hernández, Alfonso Cuarón, Alejandro González Iñárritu; del Tianguis del Chopo, La regla rota, de Rock 101… Es, literal y figuradamente, la generación del terremoto.

Un bar gay, una ciudad que aprendió a admitir y celebrar la diversidad sexual, una generación que lo vivió y sobrevivió para contarlo. Esos son los tres hilos que se entretejen en la textura de esta sorprendente historia sobre cómo la progresiva normalización de la vida nocturna gay en el D.F. contribuyó a democratizar nuestra convivencia.

 

Twitter: @carlosbravoreg
Profesor asociado en el CIDE



Editorial EL UNIVERSAL Union pettiness


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