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Álvaro Enrigue

Puto

Alvaro Enrigue es escritor. Su novela más reciente es Decencia (Anagrama). Ganó el premio Joaquín Mortiz con La muerte de un instalador. Es ...

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21 de junio de 2014

Descubrí el más famoso e inquietante grito de guerra de los aficionados mexicanos en el Azteca, en un partido eliminatorio contra Estados Unidos para el Mundial de Alemania. Acababa de llegar de un periodo muy largo viviendo en la ciudad de Washington —puritana hasta el dolor de cabeza— de modo que casi me hago pipí de risa cuando entendí el chiste. No lo encontré condenable. En todo caso, me pareció que el castigo era inexacto: quien se merecía el escarnio era el verdugo Landon Donovan —cómo extraño su histrionismo y mala leche en los juegos de los gringos de este Mundial— y no el portero Keller, discreto y maravillosamente dotado para su oficio.

Lo que el grito dice de la cultura mexicana no me entusiasmaba, pero entendía la mecánica del desmadre, y situándolo en ella, me siguió haciendo reír cuando escarniaba al arquero catracho o al chapín. Creo que la gente es sincera cuando dice que no lo grita en ánimo de discriminar, sino de echar relajo —el estadio es un espacio excepcional, con ritos carnavalescos únicos.

Aún así, el término “puto” es irremediablemente discriminatorio: iguala las nociones de “enemigo” y “homosexual” y no hay manera de rizar ese rizo sin hacer el ridículo, aún si es cierto que las connotaciones del término han derivado a sinónimo de “cobarde”. Ambos significados conviven todavía sin que uno haya desplazado al otro. Tanto que se utiliza un artículo indefinido como marcador gramatical para diferenciarlos semánticamente: alguien sin valor “es un puto”, un varón homosexual, “es puto”.

Lo desafortunado del grito nunca fue más claro que en la final de la Copa del Mundo Sub-17, en que las más de 100 mil almas que atestaron el Azteca se lo gritaron sin pausa ni misericordia al niño que guardaba la meta de Uruguay. En ese contexto, aullar “puto” en los despejes de meta era, claramente, hacer bullying. Dolía, daba vergüenza, mostraba la peor cara de una afición que confunde el entusiasmo por el equipo propio con el castigo del contrario. El grito exhibía que, como público, tenemos la misma calidad moral que los que le cantaban “Llora, llora, y mueve sus manitas” al más chiquito de la clase hasta que lloraba —en las aulas de los años 70, también se pensaba que la canción de marras se ejecutaba sólo para echar desmadre.

Ambos actos, sin embargo, sólo son iguales en el sentido de que muestran la baja calidad moral del que los ejecuta, porque hay una diferencia sustancial entre ellos. El chiquito de la clase no tenía cómo defenderse y el hostigamiento le causaba un daño irreparable. El portero contrario, en cambio, sí tiene cómo defenderse y causarle daño a la turba que pretende humillarlo: haciendo bien lo que tiene que hacer. Las eliminatorias del Mundial demostraron que gritar “puto” no tiene el menor efecto en el enemigo, dado que todos nos ganaron. Tampoco desmejoró el trabajo de Ochoa cuando la torçida brasileña nos devolvió elegantemente el favor.

El grito de “puto” es, entonces, un acto vacío y gratuito, un tiro al aire. Es un gesto con la gracia de lo carnavalesco porque es inane en el sitio en que sucede. La cuestión de fondo está, entonces, en si lo excepcional del espacio que generan cancha y gradas en un duelo regulado entre naciones se sostiene una vez que termina un partido. Si el que grita “puto” no va a repetir esa conducta en otros espacios en que el gesto sí supone infligir violencia en otro.

La verdad es que no lo sé —soy escritor, no cura—, pero ciertamente, la amenaza de algunas sanciones de FIFA —una institución tan despreocupada por los derechos de las minorías que no tuvo empacho en concederle un Mundial a Qatar, un país en el que está permitida la esclavitud y prohibida la homosexualidad—, desató un extraordinario análisis de conciencia de parte de la sociedad mexicana, poco atenta en general al problema de la violencia en el lenguaje. Esa ya es una enorme ganancia —aún si nos echan del Mundial por sangrones.

El acto de gritar “puto”, a partir de ahora, deja de ser automático, de no tener carga política. Vamos a ser de los que gritan o de los que no. El lenguaje va a tener el lugar que le corresponde como modelador de ideologías y espejo de lo que queremos ser.



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Editorial EL UNIVERSAL Useless lessons


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