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Ricardo Raphael

Viva el rey

Maestro en Ciencias Políticas por el Instituto de Estudios Políticos de París, Francia. Maestría en Administración Pública por la Escuela ...

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09 de junio de 2014

Envejecer en paz es un derecho relativo a la intimidad. No hay ser humano que se merezca ser observado con lupa cuando las facultades van disminuyendo; cuando el rostro suma arrugas, la voz se torna ronca y donde antes hubo ojeras aparecen bolsas de piel.

No debería ser tema público de este siglo la decisión personalísima de renunciar al empleo que se ha desempeñado durante la vida adulta. Tampoco el debate intenso sobre las loas y virtudes de quien, en reemplazo, ocupará el mismo puesto. Sobre todo si se trata del hijo propio.

En la vida de casi toda familia unos ascienden mientras otros hacen lo contrario. Cuando el padre declina, el hijo emerge. Es un hecho que suele ser doloroso para el primero. Por eso resulta mejor vivir con privacidad los sentimientos que provoca esa transición.

Se trata de un derecho que se concede en nuestra época inclusive a los actores más célebres, a los políticos que alguna vez estuvieron en la cumbre, al poeta, al Premio Nobel o al famoso director de orquesta.

La vejez quiere como solaz el respeto de la sociedad. Al parecer solo los monarcas no cuentan con este privilegio.

Es por este motivo que la reciente abdicación del rey Juan Carlos de España parece tan arcaica. Un fresco traído de otro tiempo, transportado por una pluma shakesperiana, o peor aun, por un relato medieval. El príncipe joven y apuesto que desplaza a su padre visiblemente agotado.

Mientras tal cosa ocurre, crece la mirada morbosa de la manada global y las opiniones —incluida ésta— se multiplican.

Por obra de una frivolidad, la imagen de este rey en concreto estuvo ya antes ligada al elefante. En estos días vuelve a estarlo, ahora como metáfora. La figura más notoria de la selva pierde el lugar y lo obtiene su descendencia. Freud entendió bien que ese rasgo animal es parte de la naturaleza y las pulsiones humanas.

El hijo querido por el padre que a la vez es amenaza. El padre que es amado por el hijo y a la vez sujeto de su envidia. La rivalidad entre generaciones, la pugna entre dos virilidades y la suma de insondables emociones encontradas, que más de una vez se han resuelto como tragedia.

Edipo, Hamlet, Lear, Arturo, por mencionar solo unas cuantas historias, dan testimonio del inevitable destino impuesto sobre los hombres (en este caso se vale el uso del masculino).

Por fortuna, con el pasar de los siglos la especie humana ha logrado mayor civilidad sobre este trámite vital. A eso se debe el derecho a la intimidad citado arriba: el envejecimiento apartado de las luces y los taquígrafos. Precisamente por ello es que resulta tan arcaico para nuestra generación observar lo contrario. Presenciar con curiosidad malsana, como si estuviéramos en los días de Hamlet, la abdicación.

Los sondeos entre españoles muestran al rey saliente con baja popularidad. Su biografía, como toda de esta misma naturaleza, conlleva claro-oscuros. No obstante, en estos días predominan los oscuros. Han nublado otros momentos más satisfactorios de su trayectoria los negocios de sus yernos, así como sus escapadas en África para matar animales.

Con todo, cabe preguntarse cuánto de lo que se argumenta hoy sobre su persona tiene que ver con el muy antiguo adagio popular: ¡Muerto el rey, viva el rey! Con la práctica que ve reflejarse en este evento público, como si fuera una pantalla de cine, lo que en la cotidianidad ocurre en todas las familias.

España está deprimida y los españoles traen urgencia de cambiar su estado de ánimo. ¿Será por su parte el Rey Felipe quien logre representar las aspiraciones nuevas?

En pleno siglo XXI tiene algo de ridículo que una sola familia sirva como catarsis para toda una sociedad. La política y su espectáculo habrían de mostrar expresiones más modernas.

Y sin embargo, al parecer, las historias a la Disneylandia siguen siendo populares. Prueba de que la infancia es una edad que se prolonga más de lo necesario. Acaso por esta razón es que los españoles continúan manteniendo a la familia real con sus impuestos. Aunque sea una forma cara de financiar catarsis y espectáculo. Por su falta de actualidad cabe preguntarse, ¿cuan larga será la vida del nuevo rey?

 

@ricardomraphael
Periodista



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Editorial EL UNIVERSAL


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