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Guillermo Fadanelli

Las unis

Guillermo Fadanelli. Escritor. Entre sus obras destacan Lodo, Educar a los Topos y Hotel DF (novelas); Plegarias de un inquilino (crónicas); M ...

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26 de mayo de 2014

Hace unos días cometí el exceso de aceptar dar una charla en una universidad. Estos centros de enseñanza llegan a ser cuarteles de amansamiento donde la educación se reduce a pasar materias y a obtener reconocimientos con el propósito de “labrarse” un futuro. A nadie más o menos avispado se le escapa que el futuro no puede ser dominado, sino intuido y que se camina a ciegas cuando uno quiere dominarlo. Quienes me invitaron fueron dos o tres alumnos que aprecian en algo lo que escribo. Saben que no aparezco en televisión, que mi fama se reduce a casi nada y está limitada a un puñado de lectores que, cada vez más, se decepciona de mí porque simplemente soy un escritor. Y ser nada más escritor hoy en día es señal de insignificancia. Hoy se tiene que ser algo más. ¿Qué? Por ejemplo: un declarador o un hombre público que exhiba su rostro (cuánta tranquilidad crea estar ante un rostro conocido) y exalte sus opiniones frente a un público ansioso de escuchar algo divertido; un público que ratifique lo que le ha sido enseñado de antemano. Por eso las autoridades académicas de la universidad no quisieron ligar mi nombre al de la institución ni recibirme como se recibe a un invitado: lo dejaron todo a sus alumnos que, con apuros, apenas si pudieron sacar la presentación o la charla adelante. Alfred Döblin, el escritor excepcional, ponderaba bien el exilio y el hecho de moverse de un país a otro le parecía una forma pura de bienestar. El que se queda en un país o en una ciudad se transforma en piedra y hasta los perros lo buscan para desalojar sus excedentes. Citado por Alberto Manguel, en La ciudad de las palabras, un bello ensayo acerca del alma de la literatura, Alfred Döblin dice: “Los sistemas metódicos no tienen cabida en el arte; la locura es mejor.” E invitado por Filippo Tommaso Marinetti a practicar el Futurismo, los bienes de la tecnología, la acción en vez de la palabra, como elementos de un método para procurar el arte, Döblin se hace a un lado y expresa: “Ocúpese usted de su Futurismo, que yo me ocuparé de mi döblinismo.” Algo así es impensable en México si quiere uno tener voz o peso en las universidades o en el medio de los prestigios sociales: ocuparse de uno mismo y practicar la locura de manera consciente es similar a suicidarse.

El tema de la charla que acepté dar versaba sobre el papel de los jóvenes en la actualidad. Hecho ya de por sí lamentable puesto que, en mi opinión, el joven más apreciado es el que ha nacido desencantado o viejo. La juventud no es un valor en sí mismo, sino una etapa o ingrediente más en la vida de una persona. ¿A qué voy ante los jóvenes si no sé dar consejos? No logro hacerme el simpático. Mis ideas están caducas y no son más que curiosidades inesperadas. Los auditorios esperan una charla obviamente beneficiosa, desean aprender no escuchar, ganar terreno no perderlo, crecer no retroceder. Es decir: quieren ser la misma nada que ya encarnan. Pese a esto quiero confesar que sí utilizo un método cuando converso con ciertos auditorios, uno que yo mismo acuñé para los momentos en que no logro negarme a hacer el papelón: dicho método simplemente consiste en ser indigesto. No es nada sencillo: se trata de encontrar los nudos que mantienen a una persona segura de sí misma, atada a su silla, y deshacerlos vía la disrupción, el conflicto, la amargura, la hiel argumentativa y la renuncia a aceptar el conocimiento dado como definitivo. Esto es algo parecido a un método personal e intransferible. Los alumnos de la universidad privada a la que fui invitado tenían dudas legítimas, energía, incluso voz, pero carecían de formación humanista pese a estudiar en una universidad. No en todos, pero la ausencia de conocimiento humanista y de pensamiento crítico era evidente. En las universidades ya casi no hay estudiantes, sino seres ya formados por la televisión y el alud imparable de lugares comunes y anhelos cada vez más pobres y estereotipados: son albóndigas listas para el cocimiento. No soy un hombre del futuro, sino un hombre del pasado: me auto convencí. Casi siempre se es un hombre del pasado, la cuestión es reconocerlo.

Esa misma noche después de la charla me encontré con un viejo amigo que ratificó mi pensar: “Tus tiempos han pasado, estuviste a punto de ser famoso y no lo fuiste. Tu alejamiento de las personas importantes y de los medios es inaceptable. Te has puesto la soga la cuello. Te tratan como quieren porque careces de poder.” En verdad que me deprimieron sus palabras porque acertó en cada una de ellas. Me hubiera gustado rebatirle y, así como Döblin llegó a defender su döblinismo, yo habría debido hacer fuerte mi postura personal, pero preferí agacharme y aceptar la sentencia definitiva.



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Editorial EL UNIVERSAL Mexico and its poverty


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