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Álvaro Enrigue

Sobre la dignidad

Alvaro Enrigue es escritor. Su novela más reciente es Decencia (Anagrama). Ganó el premio Joaquín Mortiz con La muerte de un instalador. Es ...

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26 de abril de 2014

Hubo una nación de en medio en la frontera. Durante la segunda mitad del siglo XIX, los primeros años del XX, los mexicanos y los gringos prosperaron en el Noroeste —Sonora, Chihuahua, Arizona, Nuevo México— dándose la espalda como dos niños mudos y ciegos. Los apaches les corrían entre las piernas sin entender del todo qué había pasado con su territorio, pero dispuestos a darle la cara a lo que fuera que se los estaba acabando. Una cara de cobre, rajada por el sol y el viento. La cara más recia, tal vez la más hermosa que produjo América. La cara de los que lo único que tienen es lo que nos falta a todos los demás, dado que terminamos claudicando para poder medrar: dignidad.

Los apaches fueron, sobre todo, una nación digna y la dignidad es la más metafísica de las virtudes, la más abstracta y antinatural. La única que antepone de verdad la urgencia por vivir como a uno se le da la gana sobre esa otra urgencia, más babosa y desaseada, que supone la dispersión del propio material genético, la supervivencia de unos modos culturales, una lengua, que en realidad dan lo mismo pero a veces sentimos que son lo mejor que tenemos.

Ningún apache fue nunca capaz de someterse a los sistemas de comportamiento que demandaba una sociedad productiva. Consideraban abominables la agricultura y la ganadería y concebían el ahorro sólo como una forma de llegar a la siguiente temporada. Eran una nación de cazadores y guerreros que perdió la discusión con el capital. Eso no los hace únicos, es la historia de siempre, pero no deja de ser fascinante que su negativa a convertirse en una sociedad que trabaja y acumula haya llegado hasta el siglo XX. Tal vez no sea que el acoso de los ejércitos de México y Estados Unidos los haya doblegado, es sólo que se volvieron irrelevantes cuando el espacio vago e improductivo de La Apachería terminó de ser regulado. Donde había biznagas e izotes empezó a haber pueblos con alcaldes y doctores, donde había piedras, fronteras. Se retiraron a balazos del mundo.

Cuando no tuvieron más remedio que integrarse a México o los Estados Unidos, los apaches optaron por una tercera vía absolutamente inesperada: la extinción. Primero muerto que hacer eso, fanfarroneamos todo el tiempo, pero luego vamos y lo hacemos. Los cabrones de los apaches dijeron que no cuando los conquistadores trataron de hacer negocios con ellos en 1610 y siguieron diciéndolo cuando ya quedaban tan pocos que cabían todos en un vagón de tren. Pelearon hasta el último guerrero.

No sé si haya algo que aprender realmente de una decisión como esa. Si enaltezca realmente de algún modo a quien la toma. ¿Es la dignidad furiosa una forma de vida aceptable? Yo vivo de escribir cosas. Hago artículos, libros, reportajes, para poder sostener a mi familia con los asuntos sobre los que leo. Escribir es sucedáneo: lo que me gusta es leer. Y escribo porque es lo único que sé hacer, no sé si bien, pero cuando menos consistentemente. He trabajado de todo para mantener a mi tribu, para que mi material genético, mis costumbres, mi lengua, sobrevivan una generación más, y he fracasado en todo menos en esto. Si fuera un apache, un hombre desesperadamente digno, nada más leería. Nos moriríamos de lo que sea que uno se muere si no participa de la fiesta productiva: malnutrición, falta de dentista, deudas tributarias, enfermedades curables.

El último capitán apache se rindió en 1906 ante el ejército de Estados Unidos porque ya no podía resistir los embates de los rurales de Díaz en Chihuahua y Sonora. El contingente que rindió fue de 16 personas, de las cuales sólo 3, contándolo, eran guerreros. Los demás eran sus mujeres y niños. Aún así, las últimas palabras de ese último capitán, cuando murió pocos años después en la reservación de Fort Sill, en Oklahoma —estoy hablando, por supuesto, de Gerónimo— fueron transparentes: Me debí de haber quedado en México, debí haber peleado hasta la muerte.



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Editorial EL UNIVERSAL Forfeiture


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