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Ricardo Raphael

#C189Ya

Maestro en Ciencias Políticas por el Instituto de Estudios Políticos de París, Francia. Maestría en Administración Pública por la Escuela ...

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31 de marzo de 2014

Vio volar el pañal por los aires hasta que se estrelló contra la mejilla de su madre. Sus ojos no podían creerlo: la patrona, que decía quererla tanto, acababa de arrojar impunemente aquel objeto cargado de mierda.

Más tarde Guadalupe tomaría conciencia de las lecciones que recibió aquella mañana: aprendió que en la sociedad donde había nacido no hay límite a la hora de regañar a la doméstica. La empleadora puede gritar, lanzar, burlarse y seguir gritando, sin que nada la contenga. Asumió también que en esa casa la hija de “la gata” era nadie. La patrona fue indiferente ante la humillación que ella y su madre experimentaron juntas. Si quería escaparse de un futuro similar, habría de tomar distancia respecto al oficio de su progenitora.

Comprendió también que su madre era capaz de aceptar cualquier cosa con tal de que su niña no pasara hambre. Hay dolores, pues, que son peores que otros. Por último, descubrió que con aquel acto de violencia, un recién nacido había ingresado formalmente a la sociedad mexicana, lugar donde las clases acomodadas se entrenan desde muy temprano en la pedagogía de las jerarquías, la degradación del otro, el sometimiento y la sumisión ajena.

Han transcurrido poco más de treinta años y sin embargo Guadalupe vuelve a contar este episodio como si le hubiese sucedido ayer. Pensando en todo lo que su madre tuvo que soportar, se le llenan los ojos de agua salada y crispa los puños hasta ponerlos morados.

Hoy ella tiene el carácter fuerte y la lengua rápida cuando necesita defenderse. Gracias a quien la trajo al mundo no le tocó vivirse entre la patrona y los pañales de un recién nacido. Los únicos que cambió fueron los de sus propios hijos. Pero sabe que su caso es excepción. Todavía sobrevive en México una mayoría de mujeres lanzadas al ejercicio de oficio devaluado por la sociedad.

Según el INEGI, poco más de dos millones de personas, de muy diversas edades y orígenes, se dedican al trabajo remunerado en el hogar. Ante el menosprecio imperante, ¿quién escogería en toda libertad prestar este servicio?

Se trata, sin embargo, de una actividad muy socorrida porque la necesidad es mucha. Sin ella, la vida para tantas mujeres y sus familias podría todavía ser peor.

Acaso por este último argumento es que se justifica que el trabajo en el hogar no esté respaldado por un contrato formal. O todavía más extraordinario: que sea una población invisible para el Estado, las leyes y las autoridades.

Si la calidad de la ciudadanía se mide por la fuerza de los derechos, resulta difícil negar que la trabajadora del hogar en México sea ciudadana de tercera.

No las defienden las instituciones, ni el Seguros Social o la Secretaría del Trabajo; tampoco los jueces.

Así hablan estos últimos a través de sus sentencias: “La jornada y distribución del horario de los trabajadores domésticos no se rige(n) por el factor tiempo como si se tratara de empleados de una empresa …, pues las actividades que desempeñan no son de carácter material con vista a la obtención de un lucro a favor del patrón, sino que están vinculadas con el aseo y atención del hogar … predominando la convivencia con el núcleo familiar para el que laboran” (Tesis I.13o.T.124 L, 2005).

Aquí otra joya: “Se colige que no existe obligación del patrón para inscribir a un trabajador doméstico al régimen obligatorio del seguro social, ni al seguro de ahorro para el retiro, porque dicha inscripción sólo puede realizarse voluntariamente y de conformidad a lo pactado por las partes” (Tesis 166537. I.6o.T.407, 2009).

Llaman estas tesis de los tribunales a escandalizarse y, sin embargo, dentro y fuera del hogar las cosas están dispuestas para que estas mujeres siempre pierdan.

Llegó el momento de ponerle un alto a los patrones y al Estado. La oportunidad la brinda la ratificación del Convenio 189 de la OIT, que debe celebrar el Senado de la República. Toca exigir para que este acto protocolario no se siga retrasando. Solo así jueces y autoridades se verán obligados para dejar atrás los privilegios y el clasismo que durante demasiadas generaciones se ha perpetuado en México. Con el 189 llegó el momento de decir: “Nunca más…”

 

www.ricardoraphael.com
Twitter: @ricardomraphael
Periodista



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Editorial EL UNIVERSAL In search of Paz


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