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Porfirio Muñoz Ledo

Desmontar un régimen

Ex embajador de México ante la Unión Europea. Su trayectoria política es amplia y reconocida: fue fundador y presidente del PRD, senador, di ...

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29 de marzo de 2014

La prensa nacional ha sido avara respecto del reconocimiento de la obra cumplida por Adolfo Suárez en el timón de la transición española. Más que un ejemplo para otros cambios de régimen, se instituyo en paradigma de lo que puede significar el paso de un sistema autoritario a otro de rasgos claramente democráticos que se concreta en instituciones duraderas.

A pesar de que la Revolución de los claveles en Portugal ocurrió con anterioridad, es a partir del fenómeno español que se elevan las transiciones democráticas al nivel de categorías políticas. Estas consisten en la sustitución de regímenes cerrados por sistemas constitucionales, plurales e incluyentes en base a acuerdos políticos, que excluyen en principio el uso de las armas y privilegian la búsqueda de los consensos.

El origen político de Suárez como secretario general de la falange y la restitución de la monarquía además de los fuertes desequilibrios económicos internos hacían pensar en una deriva conservadora que mantuviera estructuras básicas del periodo anterior y dejara fuera del juego democrático a los partidos socialista y comunista. Sin embargo el nuevo primer ministro, animado por una indiscutible vocación democrática y por un sentido de la tarea que estaba llamado a cumplir capoteó todos los vendavales y llevó el cambio político a feliz puerto.

Los analistas de las transiciones distinguen dos momentos en ese proceso: el de la ruptura pactada, que significa la abolición del pasado, y el de la reforma consensuada, que comprende la construcción de los acuerdos para el futuro. En este capítulo se inscriben la reforma política de febrero de 1977, los pactos de la Moncloa de octubre del mismo año, y el pacto fundacional que significa la Constitución de diciembre de 1978. Se considera que las transiciones resultan tanto más exitosas cuanto resuelven la cuestión del pasado, en lo que los españoles cumplieron lo necesario pero no todo lo deseable. Si bien liquidaron o reconvirtieron el aparato estatal de la dictadura, dejaron a un lado la herencia moral de la República. La palabra misma, transición, sirvió para olvidar los horrores de la guerra civil que ahora resurgen por la recuperación de la memoria histórica.

Es menester ante todo resolver los problemas del presente, incorporando a todos los actores significativos y buscando los equilibrios que sostengan a las nuevas instituciones. La cuestión del futuro encuentra vías firmes de solución cuando se logra aglutinar los diversos esfuerzos por transformar un país dividido en otro que otorgue posibilidades de triunfo a los bandos en contienda. La Constitución española se convirtió en piedra de toque para desatar cambios semejantes en América Latina, en el resto del mundo y se constituyó en referente principal del constitucionalismo contemporáneo.

La tercera ola de las democratizaciones es impensable sin la determinación de emprender negociaciones políticas en profundidad. Las características de estos cambios, que suman más de cien desde aquel entonces, son bien diferentes. Lo que resulta fundamental es la tarea de desmontaje de las claves políticas del antiguo régimen. El valor civil que se requiere para ello, lo ejemplifican funcionarios comunistas dedicados a abolir el monopolio de su propio partido. La abolición del pasado implica la construcción de nuevas instituciones. Por eso no hay transición democrática sin reforma del Estado, esto es, sin una nueva constitucionalidad. El pecado mayor del México contemporáneo es el olvido de los pactos democráticos y su reemplazo por las complicidades oligárquicas. La clausura de un nuevo modelo de país y el extravío de sus intereses fundamentales. En el extremo, la pérdida de legitimidad democrática por la recurrencia de las elecciones fraudulentas. Los periodos históricos se agotan. Es hora de definiciones fundamentales: para comenzar la ruptura en serio con los restos del sistema anterior y el encuentro de una plataforma nacional e institucional que permita mantener la unidad esencial de los mexicanos.

Comisionado para la reforma política del DF



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