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Guillermo Sheridan

El auditorio, de nuevo

Guillermo Sheridan (1950) es investigador en la UNAM y periodista. Ha publicado varios libros académicos sobre la cultura mexicana moderna, en ...

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25 de marzo de 2014

Hace catorce años que el auditorio “Justo Sierra” de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM ha estado en poder de diversas bandas —o “colectivos”, como dispone que se diga el sutil diccionario de la fe contestataria (el mismo que llama “resolutivos” a los chantajes y “activismo” a los hechos de fuerza).

Es una fe hecha de dogmas severos y liturgias petrificadas; una intoxicación de nihilismo, jolgorio e impunidad. Confusas pulsiones “anarquistas” instrumentadas con tácticas fascistas. Es una fe de fácil definición: recubre intereses privados de “acto revolucionario”, endiosa como “resistencia” su berrinche, traviste de “militancia” su autoritarismo.

Son los “colectivos” excluyentes. Al exclusivizar una propiedad del pueblo, es al pueblo al que expulsan de su “colectivo”. Su justificación es un sinsentido que ni siquiera roza al humor: la posesión del auditorio “sirve para la organización de los universitarios y del movimiento social independiente”. ¿Cuáles universitarios? Sólo ellos. ¿Independiente de qué o quién? De todo, menos de sí mismos.

Es una “organización de universitarios” que se arroga privilegios que denuesta en sus “adversarios históricos”: su autoritarismo es superior al de la autoridad; su considerarse “pueblo” les permite asumirse como excepción de lo popular; su repudio a la fuerza pública incluye la apología de su fuerza privada; su odio al mercado convierte en mercado un inmueble educativo para vender bienes y servicios a su clientela privada; su adversidad contra “lo privado” se practica… privatizando.

Esta “organización de los universitarios” es, en su delirio, más universitaria y más organizada que la universidad pública misma. Su “movimiento social” se opone al movimiento social por excelencia: el educativo. Y aún si realmente fuesen una “organización” y un “movimiento social”, ¿de qué dimana su representatividad, de dónde su autoridad para atentar contra otros movimientos y organizaciones?

Dimana de una fuerza sui generis, pero fuerza al fin. Deriva de “usos y costumbres” consagrados hace décadas por la idea de que un “movimiento estudiantil” posee autoridad moral absoluta e instantánea sobre lo que sea y dispensa implícita del rendimiento de cuentas; que se trata de una excepcionalidad con poderes superiores a los de cualquier comunidad de personas y al margen de toda ley o reglamento. Ya sé que los “okupas” no son un “movimiento estudiantil” sino “social” —como proclaman—, pero su manera de actuar aprovecha el legado de esa —llamémosle— táctica inmueble que los movimientos estudiantiles suelen reservarse.

Hay una impaciencia comprensible ante el autoritarismo que imponen estos empresarios. Y una obvia tensión ante el hecho de que ahora han recurrido además a los garrotes —a su fuerza privada— para reñirse el botín con otros empresarios. Y, desde luego, hay titiriteros que ven en esos “distinguidos y dignos” muchachos un “poder popular” de fácil manipulación que, en días aciagos, aumenta su plusvalía disruptiva.

Los dogmas de tales empresarios serían imposibles de no basarse en otro: la fuerza pública no debe hollar territorio escolar. Todo sainete, si ocurre en zona de aulas, incluye, pues, una extraterritorialidad legal. Por “uso y costumbre”, recurrir a la fuerza pública supone defenestrar autoridades. Inermes como están, atrapadas por ese equívoco utilitario, carecen de medios para imponer la utilidad superior de la institución. Un irritante nudo gordiano que opta, ante la dimensión de las consecuencias de un obrar, por una paciencia a la que le rechinan los dientes. ¿Puede ser de otro modo?

Toda la UNAM, absolutamente toda —incluyendo ideólogos que en otras ocasiones han gritado “¡Violación a la autonomía!”— reclaman hoy que regrese al pueblo una propiedad del pueblo. Pero a nombre del “pueblo”, los empresarios han dicho, de nuevo, NO. Ojalá se percatasen de su autoritarismo y se resignasen a ser universitarios. Ojalá prevalezca el verdadero movimiento social, el que no requiere de comillas...



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Editorial EL UNIVERSAL The scourge of hooligans


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