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Ezra Shabot

Nacionalismos

Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública, Ezra Shabot Askenazi estudió en la Universidad Nacional Autónoma de México, UN ...

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24 de marzo de 2014

La reciente anexión de Crimea a Rusia ha vuelto a poner en la mesa de la discusión el papel y los límites del nacionalismo como aquella identificación grupal que aglutina a los individuos en un entorno cultural, social y territorial común, y que los hace diferentes e incluso opuestos al otro, o sea al que no pertenece al grupo mayoritario y por lo tanto es ajeno a su realidad. La convivencia entre nacionalismos no ha sido fácil a lo largo de la historia. De hecho la exacerbación de estos ha generado guerras e incluso genocidios a partir de la necesaria negación del diferente para poder existir.

En nuestro país, durante un largo tiempo la identidad nacional se expresó como contraria al vecino del norte: Estados Unidos, quien tras la anexión de vastas regiones del México independiente, terminó por ser identificado como el enemigo histórico de la mexicanidad. Sólo la convivencia democrática, la interacción económica y la solución negociada de conflictos y diferencias, pudo ir diluyendo el nacionalismo excluyente que tanto daña la vida cotidiana de los ciudadanos. Es casi imposible hallar un ejemplo histórico donde dos regímenes democráticos se enfrasquen en un conflicto bélico, a diferencia de la constante donde dictaduras entre sí, o una democracia y una dictadura, se enfrentan en guerras prolongadas y sangrientas.

El funcionamiento de estados plurinacionales democráticos es factible cuando hay equidad socioeconómica entre las comunidades que la integran, y una perspectiva exitosa en su desarrollo a mediano y largo plazo. Pero cuando los desequilibrios se hacen presentes y la insatisfacción se convierte en protesta ciudadana, el nacionalismo aparece como solución mágica. Así un sector del nacionalismo catalán que durante tiempo ha demandado la ruptura con España, ha crecido notablemente como consecuencia de la mayor crisis económica sufrida en el país en los últimos años, y que ha llevado al desempleo masivo a millones de jóvenes.

Algo similar ocurrió en Ucrania tras largos años de penuria económica durante el gobierno del pro-ruso Yanucovich, aunque paradójicamente su caída y el ascenso de un gobierno pro-europeo, aunado al discurso anexionista de Putin, fue lo que provocó en la población de origen ruso de Ucrania el renacimiento de un nacionalismo excluyente que les impedía seguir siendo parte del Estado ucraniano. Intentar legitimar la incorporación de Crimea a Rusia, comparándola con la creación de Bosnia en la ex Yugoslavia o la unificación alemana, es un argumento demagógico y fuera de contexto. Putin debería voltear a Chechenia y ver si esta república se asume como parte de su imperio.

El problema de las ex repúblicas soviéticas es que dentro de algunas hay población rusa que fue asentada en esos lugares como parte del proyecto de rusificación del estalinismo, y que ahora sirven de pretexto para el proyecto de refundar un nuevo bloque ruso enfrentado a Europa y a EU. Para alguien como Putin, ex agente de la KGB, la idea de reconstrucción de un nuevo imperio ruso no es algo descabellado. Alejado de una cultura democrática y sin un referente histórico en esa línea, el presidente ruso sigue reivindicando a Lenin y sus estatuas dispersas en buena parte de la ex Unión Soviética, como un referente necesario para la identidad nacional, ante la ausencia de otra figura cercana que mitificar como salvador de la patria.

Los nacionalismos excluyentes son hoy un obstáculo para la prosperidad de los diferentes países con gobiernos que, tras no ser capaces de satisfacer las necesidades de su población, proyectan todos sus males en figuras externas supuestamente culpables de su fracaso, fomentando así el odio étnico, racial o religioso. Rusia está hoy en ese terreno.

Twitter@ezshabot

Analista político



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