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Sandra Lorenzano

Cicatrices de la memoria



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Te voy a matar derrota. Nunca me faltará un rostroamado para matarte otra vez Juan Gelman

24 de marzo de 2014

Es fuerte. Sin duda. Caminar por los espacios de la Escuela Superior de Mecánica de la Armada, allí donde fueron recluidas, torturadas y asesinadas más de 5 mil personas por el gobierno militar argentino entre 1976 y 1983 es —por decir lo menos— una experiencia fuerte. Es como caminar por las cicatrices de nuestra memoria.

El 24 de marzo de 2004, al conmemorarse 28 años del golpe de Estado, la ESMA pasó a manos de la sociedad. Néstor Kirchner dijo entonces “como presidente de la nación argentina vengo a pedir perdón de parte del Estado nacional por la vergüenza de haber callado durante 20 años de democracia por tantas atrocidades”.

Hoy se cumple una década de aquel “traspaso” que le dio un giro absoluto a la política de derechos humanos del país. Simbólicamente nos apropiamos de ese espacio monstruoso. ¿Y ahora qué hacemos con él? Nos preguntamos todos. La discusión no fue fácil. ¿Cómo hablar del horror? ¿Cómo convertir la herida allí presente en memoria viva? ¿Qué transmitir a las nuevas generaciones? ¿Con qué palabras, con qué imágenes contarles de las ausencias, de los vacíos? ¿De qué modo hablarles de lo innombrable?

Esa reflexión colectiva dio origen al Espacio para la Memoria y para la Promoción y Defensa de los Derechos Humanos en que se transformó nuestro mayor campo de concentración. Distintas propuestas conviven en el predio de 17 hectáreas: desde el escalofriante espacio del Casino de Oficiales, donde funcionaba el centro de reclusión, tortura y muerte, convertido en museo, con sutileza y a la vez con contundencia, hasta la Casa por la Identidad de Abuelas de Plaza de Mayo, quienes en su incansable búsqueda de los más de 500 niños —hoy adultos— nacidos en cautiverio, acaban de encontrar a la Nieta 110.

Están también la Casa Nuestros Hijos, Vida y Esperanza, a cargo de las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, destinada a la formación de músicos populares bajo la dirección de la Fundación Música Esperanza, la Iniciativa Latinoamericana para la Identificación de Personas, a cargo del Equipo Argentino de Antropología Forense, el Archivo Nacional de Memoria, los H.I.J.O.S., y todas aquellas organizaciones que forman parte de la lucha permanente por la memoria y la justicia. Porque está claro que esta lucha sólo triunfará si todos nos comprometemos en ella.

Uno de los proyectos fundamentales es el Centro para la Memoria Haroldo Conti, cuyo nombre rinde homenaje al escritor asesinado; allí hay conciertos, exposiciones, funciones de cine, talleres para grandes y chicos. En “el Conti” la memoria celebra la vida.

Y ahí nomás a espaldas de la ESMA, el Río de la Plata, tumba de muchos de los desaparecidos, que eran tirados vivos desde aviones de las Fuerzas Armadas en los llamados “vuelos de la muerte”.

Cuando le preguntaron al artista alemán Horst Hoheisel qué monumento haría para las víctimas del terrorismo de Estado en la Argentina, dijo: “Sólo pondría reflectores sobre el río. Ahí tienen ustedes el mayor memorial del país”.

A lo largo del territorio argentino funcionaron, durante la dictadura, más de 500 centros clandestinos de detención, tortura y exterminio: el Olimpo, la Perla, el Club Atlético, Automotores Orletti, la Mansión Seré, y la lista sigue y sigue.

Hoy sabemos cuáles son, dónde están, qué sucedió en ellos.

Hoy esas cicatrices de la memoria son una manera de recordar y homenajear a los 30 mil desaparecidos. Son una manera de hacer del recuerdo herencia viva para que NUNCA MÁS la sangre cubra nuestro país.

Por la verdad. Por la justicia.

Por los que están. Por los que no están.



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Editorial EL UNIVERSAL In need of certainty on telecoms


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