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Jean Meyer

Putin: Nobel de la Paz

Es un historiador mexicano de origen francés. Obtuvo la licenciatura y el grado de doctor en la Universidad de la Sorbonne.

Es profesor ...

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23 de marzo de 2014

Es lo único que le falta para que su triunfo sea completo. Toda la prensa y hasta CNN le da la razón, incluso desde antes que se tragara a Crimea. “Hay que entenderlo, pobrecito; ha sido humillado a morir por la caída de la Unión Soviética y decepcionado por Europa y Estados Unidos”. De acuerdo, así como había que entender a Hitler —“hasta el lobo tiene sus buenas razones”, reza el dicho—; el pobrecito había sido mortalmente humillado por la caída, no tanto del imperio austro-húngaro, la “Kakania” de Musil, sino del glorioso Segundo Reich alemán; era hijo natural, por lo tanto dolorosamente afectado, y frustrado, además, en sus ambiciones artísticas. Quizá Putin soñaba con una carrera cinematográfica al estilo Stallone, para ser el Rambo ruso.

Es el Rambo ruso y, así como Hitler decía “todos los germanófonos son nuestros y debemos protegerlos”, Putin dice que todos los rusófonos son de Rusia y que el deber de Rusia es protegerlos, donde se encuentren. Con tal argumento, Hitler anexó a Austria en marzo de 1938 (Anschluss) y un referéndum dio los mismos resultados que el de Crimea del domingo pasado. Unos meses después, Hitler, indignado, denunció al mundo los sufrimientos de los alemanes de Checoslovaquia, perseguidos por los malvados checos: Sudetenland muss deutsch, a saber “la provincia de los sudetas debe ser alemana”. Tres millones de germanófonos, una comunidad que vivía pacíficamente en Bohemia desde la alta Edad Media. Europa se puso a temblar y, en Munich, abandonó cobardemente a Praga. Seis meses después Hitler anexó lo que quedaba de la Chequía y se volteó contra Polonia.

No digo que Putin sea Hitler; tampoco digo que una guerra mundial esté a la vuelta del año. Digo que algo va mal con Putin, algo va mal con la Unión Europea y Estados Unidos. Putin, eso sí, como Hitler, entiende solamente a la fuerza; la practica y la respeta. En 2008 hizo la guerra a la pequeña Georgia, sin declaración de guerra, y le quitó dos provincias. El mundo se inclinó. Por eso ahora mandó a Crimea un ejército anónimo: sin escudos, insignias, bandera. Una innovación en el arte de la guerra, una premiere. ¡Qué risa le dan las “sanciones” tomadas contra Rusia por la Unión Europea y Estados Unidos! Para él, eso significa luz verde, vía libre, para el paso siguiente: el equivalente de Sudetenland 1938: las provincias orientales de Ucrania, con el pretexto de “proteger” a los rusófonos martirizados por los nazis ucranianos. Dicen que Hitler se molestó cuando, al final, Francia e Inglaterra le declararon la guerra cuando invadió Polonia: en una rabieta gritó: “¡Me engañaron! Pensé que jamás irían a la guerra, ¡cobardes hipócritas!”. Putin no tendrá que molestarse, nadie le declarará la guerra.

Por lo pronto demostró que si Rusia ha dejado de ser soviética, no ha dejado de ser imperialista. Muchos rusos, como Putin, no aceptan que Ucrania sea un país independiente. En cuanto al procedimiento seguido en Crimea y que se esboza en Ucrania oriental, sigue el viejo guión utilizado por los bolcheviques en Ucrania y en el Cáucaso, en 1919-1923, y por los soviéticos en Polonia, Hungría, Checoslovaquia, entre 1948 y 1968; montar la protesta o la insurrección contra el gobierno establecido, luego responder a un supuesto llamamiento popular con la entrada decisiva del ejército. Putin ya preparó el terreno cuando obtuvo, por un voto unánime de su Congreso, la aprobación de una eventual intervención armada en cualquier parte de Ucrania, para defender a los pobres compatriotas.

Y nosotros escuchamos, aprobamos la propaganda que nos vende la imagen de una Ucrania dividida en dos, una Ucrania mala, la del Poniente, la Ucrania negra, católica, reaccionaria, antisemita, nazi; una Ucrania oriental buena, rusa, ortodoxa y víctima. Quien quiere matar a su perro, dice que tiene rabia.

 

jean.meyer@cide.edu



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Editorial EL UNIVERSAL Challenges for Justice


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