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Jean Meyer

La batalla por Ucrania

Es un historiador mexicano de origen francés. Obtuvo la licenciatura y el grado de doctor en la Universidad de la Sorbonne.

Es profesor ...

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09 de marzo de 2014

En febrero de 2005, Vaclav Havel, ex presidente de la República Checa, comentaba: Rusia no sabe exactamente dónde empieza, ni dónde termina. En la historia, Rusia se extendió y se redujo. Cuando convengamos tranquilamente dónde termina la Unión Europea y dónde empieza la Federación de Rusia, entonces la mitad de la tensión entre las dos desaparecerá. De hecho la línea de fractura pasa a lo largo de Ucrania. Éste es un gran país que, durante mucho tiempo, parecía no saber dónde situarse. Quince años después de la caída del Muro de Berlín, Ucrania parece indicar hoy que se inclina hacia el mundo euro-atlántico. No creo que los occidentales hayan captado la importancia de la “revolución naranja”.

Havel tenía toda la razón a diferencia de los occidentales. Vladimir Putin captó en seguida la importancia de la “revolución naranja” que, en Kiev, había derrotado a su candidato a la presidencia, este mismo Victor Yanukovich que acaba de huir a Rusia, pidiendo a gritos la intervención del Kremlin. Para él, la revolución naranja fue el equivalente del 11 de septiembre para los Estados Unidos y reaccionó para evitar una “revolución de color” en Rusia; lanzó una violenta campaña antiucraniana y una más violenta aún contra Georgia, y su “revolución de las rosas”.

En 2008 puso de rodillas a Georgia con una brevísima guerra que desmembró la pequeña república. Ahora le toca a Ucrania, culpable de una segunda revolución invernal, la de febrero 2014. ¿Es sorprendente? Por desgracia, no. En mi libro Rusia y sus imperios (2007) lo anuncié y lamento mucho no haberme equivocado. En abril de 2005, justo después de la “revolución naranja”, Putin declaró que la caída de la URSS fue la mayor catástrofe geopolítica del siglo pasado, mayor que las dos guerras mundiales... Ha trabajado sin descanso a resucitar de una u otra manera el antiguo espacio soviético, en el cual Ucrania ocupa un lugar esencial. Para el Kremlin, para el Patriarcado de Moscú y para muchos rusos, Kiev es la cuna de la rusidad; por lo tanto, tarde o temprano, volverá a ser parte de la Federación de Rusia. Es una vieja historia.

En 1917, zarismo e imperio se derrumbaron, pero lo primero que Lenin negoció con el ejército alemán en 1918 fue la recuperación de Ucrania; la Ucrania independiente fue conquistada por el ejército rojo y la utopía comunista tomó la forma imperial, autoritaria por definición. El imperio creció, creció, hasta el derrumbe de 1991 que empezó con la secesión decisiva de Ucrania.

Las hermosas perspectivas de 1991, renovadas en 2005, no son de actualidad en 2014. Asombrado, admirado por la terca resistencia de los ucranianos que manifestaban contra el sátrapa Yanukovich, confieso que me sorprendió su victoria y que me asustó por tres razones. La primera es la realidad política del gobierno de Putin y su proyecto de restablecer el dominio ruso en todo el antiguo espacio soviético.

La segunda razón de pesimismo es la inexistencia de la solidaridad internacional para con Ucrania. Ni los Estados Unidos, ni la Unión Europea harán nada de peso, por más que The Economist invite a la acción: ahora el Oeste debe hacerle ver al Sr. Putin que ha ido demasiado lejos (22 de febrero). De acuerdo, pero ¿cómo? ¿Mandará Obama sus divisiones aerotransportadas a Kiev? ¿El Tercio español y la Legión Extranjera de Francia volarán para defender la integridad territorial de Ucrania? Cualquier otra medida es tocar la flauta para parar a la tormenta. La tercera razón es la incertidumbre en la cual se encuentra Ucrania en cuanto a sí misma: existe una división real del pueblo ucraniano, cuidadosamente cultivada por Moscú, entre dos polos, un Oeste católico y greco católico, guardián de la lengua y de la idea nacional, un Oriente ortodoxo y rusificado. Havel tiene razón cuando dice que la línea de fractura pasa por Ucrania.

 

jean.meyer@cide.edu



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