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Ricardo Raphael

La semiótica del efecto cucaracha

Maestro en Ciencias Políticas por el Instituto de Estudios Políticos de París, Francia. Maestría en Administración Pública por la Escuela ...

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10 de febrero de 2014

Salieron de la escuela y decidieron regresar juntas a su comunidad en un taxi que ostentaba placas del estado de México. Cuatro mujeres muy jóvenes, montadas en el asiento trasero, que nada temían porque el reloj apenas rozaba las 2 de la tarde. Cuando se dieron cuenta de que el vehículo había tomado una ruta imprevista, rumbo a Michoacán, hicieron notar el equivoco al conductor. Otro hombre que iba sentado en el asiento del copiloto las conminó con un grito a quedarse quietas y en silencio. Con ese solo gesto supieron que estaban siendo secuestradas.

Kilómetros más adelante, el taxi debió detenerse porque un camión de carga bloqueaba la carretera. Las dos chicas que estaban en los extremos actuaron en simultáneo: levantaron los seguros de las puertas traseras y echaron a correr. Estaban aterradas y por ello tardaron en darse cuenta de que una de ellas no había logrado escapar. Los plagiarios sujetaron a la joven que iba en medio del asiento.

Como pudieron, las sobrevivientes regresaron a casa. Dos semanas tardaron en tener noticia de su compañera. Las autoridades encontraron el cuerpo, vacío de órganos principales, en el estado de Jalisco. Todavía hoy la culpa les despierta en la oscuridad, lo mismo que la sorpresa por el golpe de suerte que les salvó la vida.

Cerca de donde ocurrió esta tragedia, tres días después desapareció una familia entera. Sus cinco integrantes viajaron al pueblo de junto, que hace frontera con Michoacán, para acudir a la misa de domingo. La madre de 21, el padre con un par de años más, una hija de 2 y un bebé con 40 días de nacido. También les acompañaba la abuela del lado paterno. Cuando llegó la noche sin que volvieran, los vecinos comenzaron a preocuparse. 48 horas después, los cuerpos de las cinco personas, incluido el niño de 40 días, aparecieron sin vida y perforados por decenas de proyectiles.

Desde la segunda semana de enero, cada día trae una historia peor para los pueblos del Edomex que comparten geografía con Michoacán. Dos cuerpos colgados sobre las ramas de los árboles, seis cadáveres en la ladera de la montaña, uno más cerca del manantial. Hasta el viernes pasado, en una pequeña población sumaban ya veinte los difuntos.

Mientras tanto, carros negros de forastero pudiente recorren la madrugada. Los vecinos viven ahora bajo el efecto sicológico que produce el toque de queda. Después de las 7 de la tarde se guardan en sus casas, prefieren no acudir al mercado, los salones de clase se han desocupado, los caminos están desiertos. Se recuerda la época de la influenza AH1N1, cuando los patrones permitieron que sus empleados se ausentasen del trabajo.

Pero esta vez se trata de una epidemia distinta, algunos la llaman “el efecto cucaracha”. Afirman que la violencia ha llegado al Edomex porque las autoridades federales están persiguiendo a los Caballeros Templarios en Michoacán y su brinco a este otro estado debe ser valorado como un éxito de la campaña policial.

Debe sin embargo recordarse aquella declaración, muy ingenua, del ex procurador Eduardo Medina Mora, cuando en 2008 aseguró que la ola de mortandad en Sinaloa era prueba de que la guerra contra el crimen organizado, emprendida por Felipe Calderón, estaba resultando exitosa. Con el pasar de los meses se exhibió la dolorosa equivocación del funcionario.

La violencia que desde hace ya tres semanas azota la frontera entre Michoacán y el Edomex grita demasiado fuerte para pasar desapercibida. Los criminales expulsados de tierra purépecha están preparando su llegada a los pueblos del estado vecino, donde hace tiempo calcularon su refugio. Ante ello surge una pregunta inquietante: ¿por qué en vez de huir silenciosamente, estos criminales se mudan haciendo tanto escándalo? Podría suponerse, como ocurrió con las tiendas OXXO incendiadas en Hidalgo y el Edomex, que se trata de un mero mensaje revanchista dirigido en contra de la autoridad.

Sin embargo, habría de temerse algo peor: el secuestro, la familia acribillada, los cadáveres colgados, podrían también, en conjunto, constituir un mensaje dirigido a la comunidad elegida como lugar de refugio templario. El propósito: someter a los nuevos vecinos a una lógica de terror y así obtener de ellos silencio y forzada complicidad.

Más allá de la horrible anécdota, se hace necesario explorar la semiótica que siguen los grupos criminales para comunicarse, por las malas, con la comunidad donde deciden insertarse.

 

Twitter: @ricardomraphael
www.ricardoraphael.com
Periodista



Editorial EL UNIVERSAL Investigar en Michoacán


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