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Lorenzo Córdova Vianello

La Constitución en sus 97 años

Licenciado en Derecho por la UNAM y doctor en Teoría Política por la Universidad de Turín Italia. Es investigador en el Instituto de Investi ...

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07 de febrero de 2014

A 97 años de haber sido promulgado, el texto constitucional hoy vigente se parece muy poco al originario de 1917. El intenso proceso de reformas al que desde muy pronto fue sometida la Constitución (la primera modificación ocurrió apenas cuatro años después de ser promulgada) poco a poco fue cambiando su fisionomía, sus dimensiones (cada vez se hizo más y más voluminosa) y, a la larga, no sólo su(s) sentido(s) sino incluso su carácter.

Es cierto que es natural que una constitución tenga que modularse con el paso del tiempo (mediante reformas o enmiendas) para irse adecuando a las necesidades y a los cambios políticos y sociales que pretende normar. Las constituciones estáticas o con pretensiones perennes, lejos de ser un asidero o referente que regulen la realidad de la comunidad política a la que pertenecen, bien pronto pueden convertirse en un inconveniente e inservible cascarón sin eficacia alguna. En ese sentido, el carácter de la Constitución como factor de estabilidad política no está peleado (no debe estarlo) con el de ser una norma programática que, incluso, puede incidir en el cambio y el progreso social y ello implica que la misma debe tener también una vocación dinámica que le permita acompañar dicho progreso.

Sin embargo, en México hemos exagerado. La Constitución ha cambiado con una facilidad asombrosa y preocupante. En los últimos 25 años casi han ocurrido la mitad de todas las reformas constitucionales, a pesar de que desde 1988 la inédita falta de una mayoría calificada predeterminada en la Cámara de Diputados impuso como novedad que toda reforma requiriera el consenso de al menos dos partidos. Más aún, desde 1997 ningún partido goza de mayoría absoluta en esa Cámara y desde el 2000 lo mismo ocurre en el Senado y, no obstante, ello no detuvo el ímpetu reformador de la Constitución.

Una constitución que puede cambiar con tal facilidad a pesar del intenso pluralismo político que cruza el país y los espacios de representación política, habla, a contrapelo del demagógico discurso anti partidista que suele alimentar a la opinión pública, de una gran capacidad de generar consensos entre fuerzas políticas representadas en los poderes legislativos, aunque —y ese es el principal problema que advierto— esos consensos son coyunturales, puntuales y específicos y no se articulan en torno a un proyecto nacional que sirva de eje a los muchos cambios constitucionales que se han venido operando.

Lo vertiginoso de los cambios y la falta de una idea de nación que los oriente y sistematice ha provocado que la Constitución que hoy tenemos sea un amasijo normativo y programático que no solamente no es homogéneo, sino que en muchos sentidos ni siquiera es congruente consigo misma.

El problema, insisto, no está —sólo— en el hecho que la Constitución haya cambiado (sin duda podemos discutir si los cambios son pertinentes en sus méritos, si éstos son idóneos para enfrentar los grandes problemas nacionales de nuestro tiempo, o incluso juzgar su congruencia con el paradigma del constitucionalismo democrático), sino en el hecho de que los cambios carecen de un rumbo claro, de una idea de nación —insisto— que los oriente y los uniforme. Para decirlo de otro modo: la norma fundamental vigente no refleja un paradigma constitucional determinado que esté sustentado en una idea homogénea de Estado nacional o de proyecto nacional que articule todas sus partes y formulaciones.

Los institucionalistas del siglo XIX solían decir que la Constitución era el resultado de un arreglo político e institucional determinado. Del mismo modo, desde una visión contractualista, la Constitución es la expresión de un pacto político específico. En todo caso, independientemente de la perspectiva conceptual desde la que quiera verse, una Constitución requiere de una idea articuladora cierta y compartida, un programa o proyecto político, que oriente, ordene y sistematice su contenido, pero sobre todo que defina a la sociedad política que pretende regir.

Pues eso es precisamente lo que nos ha faltado ante el furor esquizofrénico de reformar la Constitución: un rumbo claro de hacia dónde queremos ir, mismo que debería constituir el centro de la discusión política y del consenso que debería haber antecedido —como suele ocurrir como la antesala de las grandes experiencias constituyentes de la modernidad— el conjunto de reformas muchas veces inconexas, incongruentes, a veces progresistas, a veces regresivas, que nos hemos venido dando en los tiempos recientes.

 

Consejero Electoral del IFE



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