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Sergio López Ayllón

Nueva Constitución: 97 aniversario



06 de febrero de 2014

Ayer conmemoramos el 97 aniversario de la Constitución y en tres años más su centenario. Se han constituido ya sendas Comisiones responsables de organizar la celebración de esta efeméride y evitar que tenga el descolorido tono que tuvo el bicentenario. Será un evento paradójico: festejaremos una Constitución que es la misma pero es otra, como también es distinto el país de aquél que la vio nacer en 1917.

Al filo de los años la Constitución ha acumulado literalmente cientos de reformas que responden a muy diversas lógicas y propósitos. Esto no constituye una anomalía pues existe amplia evidencia que las Constituciones se modifican continuamente en todas partes. Lo singular de nuestro caso en que en el texto constitucional existen una especie de capas geológicas que responden a las diferentes configuraciones institucionales que ha tenido a lo largo de su historia, desde sus orígenes liberales que se remontan a 1857, hasta los elementos revolucionarios, los del Estado autoritario, el régimen neoliberal o su actual vocación que se postula democrática y cimentada en derechos. Las reformas constitucionales han sumado significados a otros que permanecen y permiten que todos coexistan. Se revela así plenamente la complejidad de la realidad social y política que subyace como trasfondo de la Constitución.

Por otro lado, el efecto acumulado de las reformas ha generado una nueva Constitución, no sólo en su contenido sino también en su forma de entenderla y operarla. Esta afirmación sin duda puede ser rebatida. Sin embargo, es innegable que en materia de derechos, división de poderes, autonomías constitucionales, federalismo, sistema electoral y mecanismos de control constitucional tenemos cambios profundos que trastocan la manera en que tradicionalmente entendíamos la Constitución y obligan a una reflexión de conjunto sobre su devenir.

Así la cosas, el centenario de la Constitución puede adquirir un sentido que trascienda la memoria y ofrecer la oportunidad para replantearnos qué queremos de una Constitución, no como una mera aspiración, sino como una voluntad política compartida que compromete y obliga. Conviene preguntarnos, por ejemplo, qué derechos y qué obligaciones deben tener los mexicanos, qué mecanismos deben existir para garantizarlos, qué tipo de gobierno queremos (mantener el presidencial o transitar a uno parlamentario), qué tipo de sistema federal, qué partidos políticos, cuáles los mecanismos de pesos y contrapesos y qué instrumentos de responsabilidad y rendición de cuentas.

Hay que reconocer que la arquitectura constitucional que hoy tenemos es menos el resultado de un diseño compartido y más el producto de decisiones fragmentadas y reformas acumuladas. Por eso urge un análisis crítico de su contenido para poder replantear de manera fundada algunos de sus supuestos e intentar construir acuerdos básicos para un horizonte común.

Ciertamente hay muchas manera de entender qué es un Constitución y por qué importa. Para unos es un mero referente de las reglas que marcan la cancha de juego pero que es posible modelar para ajustarlas a la condiciones fácticas del ejercicio del poder. Los juristas solemos subrayar la función normativa de la Constitución (el origen de todas las leyes y de sus criterios de validez) y por ello nos preocupa la sistematicidad y congruencia de sus contenidos. Pero como muestran claramente diversas encuestas, para muchos mexicanos, la mayoría por desgracia, la Constitución en una entelequia, casi una reliquia, cuyo contenido simplemente desconocen. Es tiempo de cambiar radicalmente este estado de cosas. El Centenario debe ser una oportunidad no sólo para conmemorar, sino sobre todo para construir.

Profesor investigador del CIDE



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