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Jean Meyer

El odio nunca muere

Es un historiador mexicano de origen francés. Obtuvo la licenciatura y el grado de doctor en la Universidad de la Sorbonne.

Es profesor ...

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02 de febrero de 2014

En 1829 el presidente Vicente Guerrero decía al cónsul general de Francia en México: el pueblo mexicano detesta a los extranjeros, pero tiene cierta predilección para los franceses; le gustaría poder identificarlos por señales certeras. Se pregunta por qué, si son casi los únicos extranjeros católicos, no entran en nuestras iglesias? Mientras que los americanos del Norte, alemanes e ingleses son los verdaderos judíos y herejes, así nombra nuestro pueblo a todos los extranjeros. El 19 de junio de 1837 el Ministro de Francia pregunta por escrito al Señor Cuevas, Ministro de Relaciones Exteriores de México ¿Por qué el apodo popular de los extranjeros en México es “judíos”? ¿Por qué en todos los motines públicos, cualquiera que sea el motivo, los primeros y últimos gritos del pueblo son “¡Mueran los extranjeros, mueran los judíos!”?

Entre los militantes católicos de la Liga, a la hora del conflicto religioso de 1926, no faltaron voces para denunciar al “judío Calles” (por el Elías de su apellido) y a su complicidad con los judíos de Wall Street y de la Casa Blanca, y también con los bolcheviques, judíos todos. No les importaba la contradicción entre comunismo y capitalismo.

De la misma manera, hoy en día, nuestros conciudadanos que siguen comulgando en el odio antisemita, son totalmente indiferentes a sus contradicciones. El odio cambia de ropaje, pero sigue igual. El antisemitismo inunda Internet, los sitios que lo pregonan son numerosos y variados, en Twitter, página web, YouTube algunos personajes han despertado demonios que nunca estuvieron del todo dormidos, pero que no tenían tanta facilidad para hablar y envenenar. Ahí está la vieja guardia católica -no tan católica porque nunca aceptó el concilio de Vaticano II- que sigue creyendo que los “Protocolos de los Sabios de Sion” son el quinto evangelio y que Marcial Maciel ha sido víctima del lobby judío que ha penetrado al Vaticano; ahí está la joven guardia que se cree roja, de izquierda, anticolonialista y antiyankee. Antisemitismo y antisionismo se funden y confunden para denunciar al “eje del mal estadounidense-sionista”.

Están más allá del principio de realidad y, en su planeta del odio, recalientan las viejas teorías conspiracionistas con una convicción que resiste a toda crítica razonable y no acepta el dialogo. Se les hace que son innumerables e innombrables nuestros conciudadanos judíos y piden se quite la nacionalidad, incluso que se expulse del país a figuras notables y respetables, actores positivos en la academia, cultura, ciencia y política, por el solo hecho de que son judíos. ¿Por qué? Porque son los dueños de todo y causantes de todos nuestros males. ¿Quién manipula a Peña Nieto para privatizar a Pemex? ¡Ellos! ¿Quién lanzó a los sicarios contra el Estado y la nación mexicana? ¡Ellos, con sus jefes gringos! ¿Detrás de Salinas a la hora del TLC? ¡Ellos!

Algunos, los negacionistas, dicen que Hitler, defensor del Occidente cristiano contra el peligro judeo-bolchevique, nunca ordenó el genocidio; otros, que presumen de anticolonialismo, hablan de “Holocuento” y juran que nunca hubo Holocausto, que es un cuento para justificar la existencia de Israel y despojar a los palestinos.

No faltan quienes presumen de ser teólogos a su manera: dicen que Dios castiga periódicamente a los judíos por su incorregible maldad, que el último castigo lo recibieron de este instrumento de Dios que fue Hitler; y que no tardarán a recibir su merecido en México, tan pronto como el pueblo abre los ojos. Quieren que a la hora del motín revolucionario los primeros y últimos gritos del pueblo sean “¡Mueran los judíos!”.

Termino este triste cuadro con un diagnóstico que se impone: estos ataques vienen de todos los sectores políticos, de la extrema derecha a la extrema izquierda, pasando por el PAN, PRI y PRD; convergen todos hacia un mismo punto: un odio a los judíos que ha dejado de ser vergonzoso y es cada día más abierto, sin tapujos ni complejos.

 

jean.meyer@cide.edu



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