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José Antonio Crespo

México, país excepcional

- Licenciatura en relaciones internacionales. El Colegio de México - Maestría en Sociología política. Universidad Iberoamericana. - Docto ...

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17 de diciembre de 2013

En los diversos debates sobre los temas de la realidad nacional suele surgir recurrentemente el argumento de que México es un país como ningún otro, absolutamente excepcional, para bien o para mal. Así, en cuanto se discute un diseño institucional en materia fiscal, política o energética, no es posible plantear las experiencias de otros países en esos temas sin que surja de inmediato la expresión, “Pero México no es Estados Unidos, Noruega, o Japón”. México tampoco es España, pese a provenir de ahí una de las ramas etno-culturales de nuestra nacionalidad, ni tampoco Brasil, con todo y que compartimos trayectorias históricas y culturales parecidas (claro, ellos hablan portugués). No somos ningún país salvo nosotros mismos, por lo cual se desecha la amplia gama de experiencias institucionales y organizativas en diversos temas, ocurridas en el resto del mundo.

Y eso justifica que aquí se hagan las cosas de manera distinta, incluso cuando salen mal o representen ineficacia o despilfarro. Que todos los países petroleros acepten inversión privada y sociedades con empresas particulares los hace probablemente traidores a sí mismos, a su patria, o simplemente sus éxitos son inaplicables aquí, porque somos distintos. Todos están mal, menos nosotros, pareciera ser la conclusión, o la inversa, según el tema: otros están bien, pero nosotros no podemos seguir su misma ruta (es que somos corruptos, indisciplinados, flojos e irresponsables y por nada vamos a cambiar). Y sin embargo, muchos mexicanos se comportan de manera muy distinta en otros contextos institucionales. Si hablamos de la experiencia noruega en materia energética como modelo alternativo de una empresa estatal exitosa —a diferencia de Pemex—, de inmediato se oye: “Pero no somos Noruega”. Claro que no. Pero resulta que si México no es Noruega, Noruega tampoco era Noruega hace años, es decir, era distinta de lo que hoy es; más pobre, menos democrática, más corrupta, más desigual socialmente. ¿No hay nada que podamos aprenderles en materia energética o fiscal, por ejemplo? ¿Nada nos sirve? Nuestra negativa a aprender de otros países asemeja la situación en que un personaje obeso adoptara cierta dieta y prácticas que le llevaran a convertirse en uno esbelto, y cuando a otra persona obesa se le sugiriere seguir ese mismo programa para adelgazar, dijera enfadado: “Pero a mí no me va a servir, porque fulano es delgado y yo, obeso”. Pero aquél no era delgado por naturaleza, ni éste obeso irremediablemente.

Desde luego, un problema inherente a la política comparada (en el diseño de instituciones o adopción de políticas públicas) es que no se puede asumir en automático que lo que funcionó en un país servirá en otro sin importar sus particularidades; pero en el otro extremo está el exclusivismo; un país determinado es tan diferente, tan excepcional, que ningún modelo o práctica de otros países —ni siquiera los parecidos— servirán de algo. Todo tiene que inventarse desde cero para este país, desechando experiencias internacionales. Es lo que aquí se dice en materia petrolera, pero también fiscal, jurídica, económica y en temas como la reelección (donde hemos sido la única democracia, junto con Costa Rica, sin tenerla siquiera a nivel legislativo). Tiene que partirse de una posición realista (somos un país distinto) pero también abierta (podemos aprender de otras experiencias) para encontrar el equilibrio al adoptar políticas nuevas. Y es cierto: encontrar ese equilibrio es motivo de debate y controversia; la eterna dicotomía entre cultura e instituciones. Pero la excepcionalidad como argumento es por definición, dogmático, no racional.

Curiosamente la excepcionalidad mexicana fue el argumento de los conservadores para desechar por años la posibilidad democrática; nuestra historia y cultura no son adecuadas para el funcionamiento de la democracia, dijo Agustín de Iturbide a Joel Poinsett cuando le sugirió adoptar ese modelo; aquí sólo funcionaba la monarquía, el verticalismo, las corporaciones, la dictadura. Si validamos la tesis de la excepcionalidad, no deberíamos entonces continuar con el esfuerzo democrático, pues nuestra peculiar trayectoria histórica y cultural lo haría imposible; mejor regresar al tradicional autoritarismo. Es que somos distintos al resto del mundo... lo que nos condena a seguir siéndolo, con todos nuestros vicios, defectos e insuficiencias. México, eso sí, es un país de dogmas. Éste, el de su excepcionalidad, es uno de ellos.

 

@JACrespo1
Investigador del CIDE



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