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Maite Azuela

Represión regresiva

Maestra en Políticas Públicas, Universidad de Concordia, Canadá. Fue servidora pública en el Instituto Federal Electoral (IFE), el Institu ...

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07 de diciembre de 2013

Las erróneas modificaciones que se realizaron en materia político electoral nos han dejado a muchos suspendidos en una profunda preocupación. Los anuncios oficiales proclaman una falsa victoria, que no avizora las calamidades que pueden ocasionarse. Estas decisiones legislativas acompañadas de una retórica impúdica, son la explicación más acertada de porque se desvirtúa discursivamente el concepto de democracia.

Se ha conseguido que la ciudadanía mexicana se sienta insatisfecha con la democracia, porque en realidad es una partidocracia disfrazada. No deberá sorprendernos que en el futuro próximo, sean los promotores de la reelección quienes sugieran que se detenga. Porque planteada como está en la reforma, produce justamente el efecto que buscaba desactivarse. Mientras los candidatos deban privilegiar la disciplina partidista sobre la rendición de cuentas a sus electores, la reelección será un arma más para reforzar poderes existentes. Es así como con la manipulación del lenguaje se resta todo significado a los principios de pluralidad, certeza, equidad y justicia, colocándolos como justificación para promover exactamente lo contrario. Si aquello a lo que aspiramos queda desarticulado simbólicamente, termina por ser completamente desestimado.

Sucede también que, las problemáticas que pretenden resolver con esta reforma, no serán necesariamente resueltas y, en la mayoría de los casos, tendrán un efecto bumerang sobre sus propios argumentos. Por ejemplo, una de las causales que los motivó a derribar al IFE, que contaba con capacidad suficiente para operar a nivel federal y convertirlo en un instituto nacional, era la intención de reducir el alto costo de las elecciones en el país. Sin embargo existe ya un cálculo aproximado que valúa esta transformación en al menos mil millones de pesos. Además con argumentos que se sostienen en la depuración del sistema de partidos, han elevado de 2 a 3 porciento el requisito para obtener y conservar el registro. Saben que el descontento social está situado en el gasto eminente que implican los partidos para el país. Pero la solución no es esa, sino que se requiere modificar drásticamente la fórmula con la que se les asignan recursos. El número de partidos posiblemente se verá reducido en un mediano plazo, pero el dinero que obtienen seguirá creciendo en tanto la población siga solicitando credenciales de elector. Nos dejan en cambio con muy poca oportunidad de que se conformen grupos políticos nuevos, se amplían las barreras para aquellos dispuestos a realizar propuestas que hasta hoy no se escuchan entre los grupos parlamentarios, porque son cada vez más coincidentes.

Otra manera de desvirtuar la democracia es con acciones de intolerancia. Ambientando este deprimente escenario, instruyen a los equipos de seguridad de ambas cámaras para que impidan que los ciudadanos se acerquen y protesten. Tras el desalojo que viví junto con mis compañeros de Reforma Política Ya en el Senado, no hubo ningún intento de retractar esas acciones en la Cámara de Diputados. Resulta que cuatro de mis compañeros estuvieron unas horas presenciando la sesión en San Lázaro, pero tuvieron que tolerar actitudes intimidatorias y frases literales como: "saliendo les van a dar en su madre", con puños ocultos que presionaban sus estómagos cuando intentaban acercarse más al espacio de discusión.

Esto no sucede únicamente en el contexto de la discusión de una reforma. Recordemos el desalojo de ciudadanos que pacíficamente hicieron un día de campo, hace un par de semanas en el Viaducto del Distrito Federal y que fueron desalojados. Está también el caso del ciudadano que fue expulsado cuando intentó protestar por la consulta sobre la cuota del metro, en el evento de Miguel Ángel Macera. Se ha generalizado un resguardo exacerbado que rebasa los límites de la seguridad al tiempo que vulnera la libertad de expresión.

Así que, con una mano, se restablecen acuerdos que concentran el poder de quienes hoy lo ostentan, y con la otra, se contiene por la fuerza a quienes intentan mostrar los verdaderos intereses que mueven esas decisiones. Las señales de represión se hacen evidentes. Ojalá las veamos disminuidas y encontremos pronto alguna manera de revertir los efectos de esta reforma mal trecha.

Analista política



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