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Jesús Zambrano Grijalva

¿Pragmatismo progresista o fundamentalismo neoliberal?

Presidente nacional del PRD. Nació el 1 de octubre de 1953 en Empalme, Sonora. Licenciado en Sociología por la Universidad Abierta de ...

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05 de diciembre de 2013

La nación vive momentos de tensión. La decisión del gobierno de Enrique Peña Nieto de sacar adelante una reforma energética de evidente contenido privatizador —sin importar las consecuencias políticas y sociales, en un escenario con demasiado descontento e irritabilidad— está generando encono entre las fuerzas políticas y un significativo rechazo social.

Inexplicablemente, del pragmatismo que se había advertido en las reformas de las que ha participado el Presidente, sorprendiendo a actores de los poderes fácticos y compartiendo banderas enarboladas por el movimiento democrático y progresista, ahora estamos ante una coyuntura en la que se instala el fundamentalismo neoliberal que insiste en la privatización de lo público.

Ahora se argumenta vehementemente que sin la reforma energética todas las demás no servirán. Cabe recordar que el Nobel de economía Joseph Stiglitz advirtió que México necesita una reforma energética bien implementada para evitar el riesgo de una explotación de los hidrocarburos con falta de transparencia que no beneficie al país y a la sociedad.

Pero no sólo eso. Cada vez que se ha justificado la necesidad de las reformas en este año, Peña ha declarado que para remover los obstáculos que impiden el crecimiento económico son cuatro las reformas transformadoras: la educativa, la de telecomunicaciones y competencia, la hacendaria y social, y la financiera.

Además, de acuerdo con el gobierno federal, la reforma hacendaria representaría un crecimiento de 1.4 puntos en el PIB, pues impulsaría el crecimiento económico, incentivaría la expansión de varios sectores y ayudaría a que el Estado tenga una más efectiva capacidad recaudatoria, a la vez que imprimiría mayor celeridad en la ejecución del gasto público. Por su parte, el secretario de Hacienda, Luis Videgaray, destacó en su momento que con la reforma de telecomunicaciones nuestra economía podría crecer hasta un punto porcentual por año, lo que implicaría que en los próximos cinco años creceríamos cinco puntos.

Algo similar se dijo respecto de las reformas de competencia económica. De acuerdo con la Comisión Federal de Competencia, gracias a las reformas en la materia, México se acercaría a los países que integran la OCDE en cuanto a las mejores prácticas internacionales. Sobre la reforma financiera, un estudio de una reconocida institución bancaria calcula que podría redituar en un crecimiento de hasta 0.75 puntos porcentuales en el PIB del año que entra.

En lo que hace a la reforma educativa, cabe citar la reflexión de Andrés Oppenheimer en su libro Basta de Historias: “La receta para crecer y reducir la pobreza en nuestros países ya no será solamente abrir nuevos mercados —por ejemplo firmando más acuerdos de libre comercio—, sino inventar nuevos productos. Y eso sólo se logra con una mejor calidad educativa”.

Mientras que según Carlos Serrano, economista en jefe de BBVA Bancomer, coincidiendo con Stiglitz, una reforma constitucional de carácter privatizador aumentaría apenas en 0.4 puntos porcentuales el crecimiento potencial del PIB. Ello sin contemplar que la pretendida seguridad jurídica que se dice querer dar para los inversionistas privados es absolutamente frágil.

Sin consultar a la población quieren hacer la reforma energética. En 2015 no podrán evitar una consulta que derivaría en la derogación de esta reforma. Difícilmente la inversión privada fluiría ante este escenario de incertidumbre. Hasta en el más elemental pragmatismo, Peña Nieto debería hacer a un lado ese fundamentalismo neoliberal y situarse en el progresismo.

 

Presidente nacional del PRD



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