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Editorial EL UNIVERSAL

No hay paz sin justicia

Inspiración en el interés público, responsabilidad, búsqueda de la verdad, de permanente justicia y del cumplimiento de los derechos humano ...





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08 de noviembre de 2013

Estadísticamente está demostrado que asesinar a alguien en México es muy fácil: de acuerdo con Inegi apenas en 1.8% de los homicidios cometidos en 2012 hubo sentencia contra el o los responsables. La comisión de ese delito rara vez es sancionada porque las procuradurías son incapaces de investigar, hallar a los ejecutores y demostrar su culpabilidad. Ni siquiera en los casos más sonados, las masacres, la impunidad ha sido atacada.

Desde 2008 a la fecha autoridades judiciales de Ciudad Juárez han dejado sin resolver 184 homicidios dolosos correspondientes a 21 masacres. En ese lapso sólo ha habido siete detenidos por el asesinato grupal ocurrido en Villas de Salvárcar en enero de 2010, aquel cuyas víctimas fueron de inicio minimizadas por ser “pandilleros”, lo cual se demostró falso días después.

Lo peor de la situación es que el ocasional anuncio triunfal de que se tienen detenidos —usualmente después de un escándalo— no garantiza que en verdad se haya hecho justicia. El caso de Israel Arzate es una muestra más: fue presentado por las autoridades como uno de los responsables de la matanza de Villas de Salvárcar. Sin embargo, el miércoles pasado la Suprema Corte ordenó su liberación pues la única prueba contra el joven fue la confesión de culpabilidad arrancada bajo tortura por militares. ¿Cuántos otros delitos han sido supuestamente resueltos de esa manera, inventando asesinos?

La práctica de detener “al que va pasando” ha demostrado ser el denominador común de las fiscalías desde la matanza de Acteal hasta el proceso contra Alberto Patishtán. Era una estrategia que funciona para calmar ansias de venganza de la opinión pública, pero que deja de funcionar en el largo plazo ante una sociedad civil cada vez más informada.

Es tiempo de exigir una Ciudad Juárez no sólo con menos asesinatos, sino también con más justicia. Si bien los reflectores se han ido a otros lugares del país donde cunde la violencia, como Michoacán, en Juárez la impunidad no ha desaparecido. Las muertes sin resolver y la poca o nula capacidad de investigación de las policías permanecen incólumnes. Los números lo demuestran. La falta de responsables es en sí mismo una agresión a las víctimas y a las familias de éstas.

Importan los programas sociales, los operativos y la educación. Pero sin justicia una paz duradera es impensable.



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