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Juan Ramón de la Fuente

Fortalezas de la ciencia

Nació en la Ciudad de México en 1951. Estudió medicina en la UNAM y psiquiatría en la Clínica Mayo de Rochester, Minnesota. Ha publicado m ...

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09 de octubre de 2013

Cada vez hay más evidencia de que los países más competitivos, aquellos que sortean mejor los ineludibles ciclos de la economía, son los que forman parte de la sociedad del conocimiento; los que han sido capaces de construir, precisamente, una economía sustentada en el conocimiento, es decir, de incorporar a su aparato productivo bienes y servicios con un valor agregado derivado de la ciencia y la tecnología.

El camino es muy claro: es la ciencia la que genera el conocimiento, la educación la que lo trasmite, y la innovación la que lo aplica. No hay atajos.

Así pues, lo primero que se necesita para formar parte de la sociedad del conocimiento son científicos. Formarlos es tarea ardua. Se requiere talento, paciencia, rigor intelectual, tenacidad y disciplina; pero también y sobre todo, se requieren mentores e instituciones que los alberguen, que los cultiven, que los protejan. Porque la enseñanza de la ciencia, cada vez más sofisticada y compleja, sigue siendo un tanto artesanal, a la vieja usanza, es decir, tutorial.

En México hay buenos científicos, aunque todavía son muy pocos en relación a los que el país necesita (19,655 según el Atlas de la Ciencia Mexicana); menos de un investigador por cada mil personas económicamente activas, y son todavía menos las instituciones que permiten decir que tenemos ciencia propia (sólo 95 instituciones de educación, sean públicas o privadas, tienen algún miembro del Sistema Nacional de Investigadores). Sobresale la UNAM, por supuesto, que supo poner en juego las fortalezas de la ciencia, para evitar que dos de los mejores investigadores de los que México dispone, Alejandra Bravo y Mario Soberón, vieran truncadas sus carreras, víctimas de una suspicacia excesiva y de esa terrible distorsión vital que experimentan algunos ante el éxito de otros: la envidia.

Una duda que en principio parecía razonable, en relación a algunas fotografías que enfatizaban hallazgos publicados por Bravo y Soberón en revistas especializadas de gran prestigio, se convirtió rápidamente en hostigamiento y difamación pública. El caso adquirió resonancia internacional, a tal grado que la Oficina de Integridad Científica de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos emitió una opinión que resultó favorable a los investigadores, pues no sólo concluyó que no habían alterado los resultados de sus investigaciones sino que decidió seguirlos apoyando tanto académica como financieramente en sus proyectos. La UNAM, por su parte, echó a andar los mecanismos propios de una Institución sólida, con toda la experiencia de quien ha hecho de la ciencia una de sus tareas sustantivas y, previo análisis minucioso y colegiado, la Defensoría de los Derechos Universitarios recomendó al Instituto de Biotecnología que los investigadores Bravo y Soberón fueran plenamente reincorporados a sus actividades académicas con todas sus responsabilidades y atribuciones. Fin de la historia.

¿Qué lecciones nos deja este caso? Varias y diversas, entre otras, que la ciencia tiene fortalezas de las que la sociedad podría aprender mucho.

La ciencia tiene un compromiso con la verdad y, en consecuencia, enaltece la honestidad, el rigor en el análisis y la ponderación en el juicio. Pero la ciencia tiene también una dimensión ética, fundamental en los tiempos que corren, y trascendente para el sistema educativo nacional y la opinión pública en general. Ética laica, por supuesto, donde no caben los juicios morales. No es aconsejable enfatizar de más los resultados obtenidos, pero tampoco es un delito.

Para que pueda florecer, la ciencia requiere de creatividad, de imaginación, y necesita espacios para el ensayo y el error; es decir, espacios de libertad en el mejor sentido de su acepción. Como se desprende del caso relatado, la ciencia permite hacer arbitrajes objetivos, dirimir disputas con base en evidencias, y actuar con justicia. Claro está que ni aún la ciencia más rigurosa es infalible, pero cuando se aplica con rigor, parece ser lo más cercano a la verdad. Al Vaticano le tomó 400 años reconocer que Galileo tenía razón al adherirse a la teoría de Copérnico. Rectificar sobre el caso referido fue, por fortuna, asunto de unos cuantos meses.

Finalmente, habría que señalar que la ciencia de vanguardia, la que busca y eventualmente logra generar nuevos conocimientos y romper con los paradigmas establecidos, es el mejor ejemplo de una suerte de subversión constructiva. La ciencia confronta con argumentos, desafía, reta y propone, características todas ellas de la inteligencia subversiva. A México no le vendría nada mal una mayor dosis de ciencia y que la sociedad, en su conjunto, se acercara más a ella y conociera mejor cómo funciona; para qué sirve, cuáles son sus espacios y sus compromisos, y cómo resuelve sus diferendos.

 

* Ex Presidente de la Academia Mexicana de Ciencias



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Editorial EL UNIVERSAL Salud a medias


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