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Javier Lozano

Salieron muy chambones

Javier Lozano Alarcón, oriundo del estado de Puebla, ex secretario del Trabajo. Actualmente es senador por el Partido Acción Nacional

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07 de octubre de 2013

Tiene razón Ernesto Cordero al señalar que, en tan solo 10 meses de gobierno, la actual administración federal convirtió el Momento de México en el Momento del Error. Heredaron una economía sólida, en crecimiento, generadora de empleos y financieramente sana. Las perspectivas eran prometedoras y la expectativa que sembraron quienes tanto nos criticaron alentó la esperanza de propios y extraños. Lamentablemente, los “buenos para gobernar” salieron muy chambones.

Ya estamos en recesión. Dos trimestres consecutivos con crecimiento económico negativo así lo muestran. La confianza del consumidor va a la baja. La creación de empleos es muy pobre a pesar de que ya está en vigor la Reforma Laboral, instrumento poderoso pero de escasa aplicación.

En tal contexto es falso decir que el mundo ha caído en una desaceleración generalizada para justificar el estancamiento de nuestra economía. Datos recientes de la OCDE muestran que EU, Japón y Gran Bretaña están de vuelta en la senda del crecimiento. Ya no alcanza ese discurso expiatorio.

La verdadera causa de esta crisis económica en México se explica por la impericia en el manejo de los instrumentos que el gobierno tiene a su alcance y que, al parecer, no sabe cómo usar. Ya Cordero hacía referencia al escandaloso subejercicio: gastan tarde y mal. Eso atora el mercado interno y, por ende, achica los ingresos tributarios. Del déficit cero prometido solo queda el recuerdo de aquel discurso inaugural del presidente Peña Nieto. Necesitan contratar deuda para compensar la caída en las contribuciones. Y encima se oponen a la nueva legislación en transparencia, rendición de cuentas y anticorrupción.

En medio de ese escenario, aventura el titular del Poder Ejecutivo federal presentar una iniciativa de Reforma fiscal que más tardó en anunciarse que en generar todo tipo de justificadas críticas e inconformidades.

De saque, no se entiende cómo en un ambiente recesivo se pretende castigar con más impuestos a los de siempre, a quienes generan productividad y empleos; a quienes apostaron por la formalidad en su actividad profesional y económica; a los que se animaron a tener un pequeño negocio y a los padres de familia que se esfuerzan en dejarle una mejor educación y un patrimonio a sus hijos.

No se entiende cómo se pretende contraer deuda por 230 mil millones de pesos para el próximo año si no se crean las condiciones para volver a crecer y, con ello, generar los recursos para pagar ese endeudamiento.

En su afán recaudatorio, le pegan por igual a quienes se benefician de prestaciones, apoyos y gastos que hoy son deducibles fiscalmente y que sirven para incentivar un sinnúmero de actividades productivas y altruistas. En su corta mira, desaparecen el esquema registral de pequeños contribuyentes; eliminan el único mecanismo para hacer que los informales —que no pagan impuestos— con algo apoquinen, como lo es el Impuesto Sobre Depósitos en efectivo; homologan el IVA en la frontera cuando nuestros vecinos tienen un impuesto al consumo sensiblemente menor y plantean gravar las importaciones temporales de la industria maquiladora. En suma: pusieron todos los incentivos al revés y la reacción está a la vista.

No solo no hay condiciones para que la Reforma fiscal pase. Sería un error monumental que se implantara en nuestra frágil economía y sería una ofensa a las clases medias al gravarle colegiaturas, hipotecas, la renta de las casas, aumentarles el ISR a 32% a cambio de una pobre y mañosa oferta que dice que ahora todos los adultos mayores tendrán pensión universal y los desocupados un seguro de desempleo. Falso. Ambos proyectos tienen ya sus propias fuentes de financiamiento.

Si quiere el gobierno federal mover en serio la economía hay que impulsar la Reforma Energética y dejar este bodrio fiscal para el olvido. La energética, bien hecha y con la certidumbre jurídica necesaria, sí generaría inversiones y empleos; le daría competitividad a la economía y la haría más productiva. Eso, por consecuencia, traería más recursos tributarios a la hacienda pública y con eso se tendría suficiente para el presupuesto de egresos y se quitarían de encima la tentación de endeudar al país a la Moreira. Y ya saben que, para que se apruebe la Reforma energética hay que pasar primero por la aduana de la Reforma política-electoral.

La ruta está trazada. No hay tiempo que perder y ya basta de experimentos y lances de soberbia. El país no resiste más improvisación e impericia. Vamos a lo que sigue.

 

Senador por el PAN



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