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José Fernández Santillán

Las reformas y sus críticos

Recibió el título de doctor en Historia de las Ideas Políticas por la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de Turín (1983); se ...

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04 de octubre de 2013

En la conferencia Los retos de la Presidencia y el panorama actual impartida en Saltillo, Coahuila, la semana pasada, el ex presidente Felipe Calderón aseveró: “Me batearon las reformas porque yo propuse varias cosas que hacen falta.” Confió en que el Congreso de la Unión apruebe una reforma hacendaria que fomente el crecimiento económico y no el decrecimiento o el déficit público “porque ahora en este gobierno hay un Congreso más dispuesto y una oposición más responsable.” Plan con maña: le faltó decir que la actual administración emprendió el camino de las reformas merced a un trabajo político previo a la toma de posesión de Enrique Peña Nieto y que con base en esa labor, el 2 de diciembre de 2012, se anunció el Pacto por México signado por el gobierno entrante junto con el PAN, PRI y PRD.

Ese trabajo político de gran calado brilló por su ausencia en el sexenio calderonista. Lo que hoy observamos en la escena pública son acciones y reacciones frente a las reformas que se han echado a andar. La agenda política nacional ahora sigue el itinerario marcado por ese acuerdo.

Es un hecho, por ejemplo, que la reforma educativa, ya aprobada por el Legislativo, no gustó a la CNTE y sus simpatizantes. Las muestras de descontento frente a la necesidad de que los maestros sean evaluados y, si no pasan los exámenes después de tres ocasiones consecutivas, se les separe de las aulas para desempeñar funciones administrativas, ha sido juzgada como una medida inadmisible. Intereses corporativos han sido afectados. Por ello, alguna parte de esa agrupación y sus seguidores se mantiene en paro laboral y en movilizaciones en la Ciudad de México y otras localidades de la república. Los ataques contra periodistas y medios de comunicación que no comulgan con sus planteamientos han sido evidentes. Reproducen la intolerancia hecha patente por los gobiernos de Venezuela, Ecuador y Bolivia.

Otro punto de controversia es la iniciativa de reforma en el sector energético. La propuesta de modificar los artículos 27 y 28 de la Constitución para retomar las ideas del general Cárdenas y eliminar la restricción incorporada en 1960 que impide al Estado la utilización de contratos en sus actividades de explotación de los hidrocarburos ha dado pie a lo impensable; o sea, que Cuauhtémoc Cárdenas y Andrés Manuel López Obrador se volvieran a juntar por “la defensa del petróleo.”

Pero las objeciones a la reforma energética no sólo vienen de la izquierda, sino también de la derecha: algunos sectores empresariales han mostrado su desacuerdo porque las modificaciones sugeridas no son lo suficientemente ambiciosas como para permitir la apertura total de Pemex. Quisieran que las puertas se abrieran de par en par con el propósito de que el Estado abandonara el dominio sobre ese sector para dar paso al libre mercado sin cortapisas.

Y qué decir de la reforma fiscal. El cometido de hacer menos inequitativa la carga tributaria ha tocado intereses beneficiados a lo largo de muchos años por las políticas monetaristas. De igual manera, que se haya trastocado el canon neoliberal según el cual no debe haber déficit fiscal, tampoco les gusta a los señores del dinero. Y allí vienen los jaloneos desde la otra vertiente derechista del espectro político.

Abrirse paso entre tantos objetores apostados, de uno y otro lado del camino, no es fácil. De acuerdo con los clásicos, lo primero que se debe hacer es mantener cohesionadas las fuerzas a disposición. Y esto lo digo porque también en el seno de los partidos firmantes, así como en sus bancadas en el Congreso, ha habido disputas. No obstante, pese a los vaticinios que auguraban la muerte prematura del Pacto, éste se ha mantenido con vida; la hoja de ruta sigue vigente. En todo caso habría que actualizarla de acuerdo con las previsiones de la meteorología política.

 

Profesor del ITESM-CCM



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