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Guillermo Osorno

El Zócalo no es lo que parece

GUILLERMO OSORNO estudió periodismo en la Universidad de Columbia. Fue reportero de investigaciones especiales en el periódico Reforma y edit ...

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24 de septiembre de 2013

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En el terreno de las grandes mentiras públicas, que el Zócalo esté cercado y sobrevigilado porque se ha convertido en un centro de acopio de víveres para los damnificados de las tormentas tropicales recientes, es un mito monumental que nadie se cree, aunque todo el mundo finge por mera corrección política.

El otro día, los transeúntes que se acercaban por el costado de 20 de noviembre eran rechazados por un cerco de policías, que los mandaban por Venustiano Carranza, para que entraran por 5 de Febrero y desembocaran en los Portales de mercaderes.

Al centro de la plaza, estaban las tiendas blancas del centro de acopio. Casi no había gente. La vida se había apachurrado en los costados. El organillero hacía sonar la tonada de “Amor Eterno”, de Juan Gabriel, mientras el guitarrista clásico tocaba su canción a cambio de algunas monedas, a la vez que un ejército de enganchadores trataban de subir gente a los restaurantes de las terrazas, cuando un turista japonés trató de entender porqué no se podía entrar a la plaza y discutía con otro policía, justo antes de que los vendedores ambulantes, que se habían puesto frente al Monte de Piedad, levantaran sus cosas porque ya venían las autoridades. Hasta la predicadora protestante, que de vez en cuando se para en la plaza a perorar con un altavoz, tuvo que encontrar un lugarcito en la desembocadura de la calle de Madero. Desde allí hablaba del fin de los tiempos.

Otros grandes desplazados del conflicto del que nadie habla son los plomeros, carpinteros y pintores que generalmente se ponen frente a la Catedral. Están sobre la calle de Guatemala y han encontrado un acomodo similar al que tenían, sólo que ahora hacen fila frente a las vallas encadenadas y no frente a las rejas de la iglesia. Eso si, sus letreros siguen siendo poesía. Uno decía: “Pintor de casas y detalles”; el otro: “Plomero, cirujano en general y gas”. Tienen la misma cara de no haber trabajado en dos décadas.

Incluso, el curandero que normalmente hace limpias en el Zócalo tuvo que moverse a Guatemala, pero eso no disminuyó su clientela ni mucho menos; tenía una larga cola esperando. La gente restregaba las suelas de los zapatos sobre el piso cubierto de hierbas, mientras leía unos documentos que el curandero les daba en un folder azul: una nota del periódico La Jornada y algunos certificados de cursos tomados y aprobados por él. Mientras tanto, el curandero trataba a un paciente pasándole copal y ramas por el cuerpo y los brazos extendidos en cruz. Al final, la gente tenía que dejar sus pago sobre un montoncito de objetos, entre los que se encontraban algunas fotos grupales de otros curanderos que tomaron el curso de medicina cuántica y terapias vibracionales.

Una señora que pasaba dijo al curandero:

—¿Y ora? ¿Por qué aquí?

—Ya ve que está cerrado el Zócalo para que no vuelvan los maestros— contestó el curandero con gran clarividencia.

Yo me acerqué a una de las entradas del centro de acopio para ver si podía hablar con algún donante.

—¿Entrevista?— dijo una señora entrada en años con cara piadosa, el pelo corto y negro, que vestía con un chaleco de plumas. Depende. A mi no me gusta hacer propaganda de lo que hago. Mejor no.

La pareja formada por Lorenzo y María del Refugio, habitantes de Iztacalco, fue más simpática. Al principio me sorprendió lo que dijo Lorenzo, pero luego me di cuenta que era justo lo que se merece un gobierno que desconfía de la gente y cierra las calles.

Según Lorenzo, que donó latas de distintas cosas, la solidaridad siempre es una expresión popular, nunca del gobierno, del que hay que desconfiar siempre.

—Ojalá lleguen las latas a su destino —dijo. Bueno, me conformaría con que llegue la mitad.

María del Refugio asintió y los dos se fueron del Zócalo, seguros de que alguien allá arriba se iba a robar algo, pero con la satisfacción del deber solidario cumplido.



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