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Editorial EL UNIVERSAL

Desastres evitables

Inspiración en el interés público, responsabilidad, búsqueda de la verdad, de permanente justicia y del cumplimiento de los derechos humano ...





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19 de septiembre de 2013

Ante el impacto de las tormentas Ingrid y Manuel en costas mexicanas, la prioridad de las autoridades debe ser salvar vidas. Vendrán luego las labores de sanear la infraestructura y garantizar la recuperación económica de las zonas afectadas, pero también será hora de establecer políticas públicas en materia de protección civil para evitar estas crisis en lo sucesivo.

Hace 28 años la Ciudad de México sufrió un sismo que evidenció la falta de preparación y protocolos para hacer frente a desastres naturales de cualquier índole. Entonces los mexicanos —particularmente los capitalinos, donde fueron más los muertos y los desaparecidos— aprendieron la importancia de establecer una verdadera cultura de protección civil.

Se definieron normas de construcción para garantizar que toda estructura en el DF fuera menos vulnerable a un terremoto; instituciones —públicas y privadas— crearon planes de evacuación; los simulacros se volvieron una práctica común a lo largo y ancho de la ciudad. La fuerza devastadora del sismo logró crear conciencia sobre la imprevisibilidad de los siniestros naturales.

No puede decirse que el mismo nivel de conciencia haya sido alcanzado ya a población y gobiernos respecto de los fenómenos meteorológicos, pese a que son más previsibles que los sismos. Inundaciones y deslaves han afectado a poblaciones serranas y costeras desde hace décadas; sin embargo, siguen las edificaciones en zonas de riesgo, las obras con materiales de baja calidad, la falta de protocolos en poblaciones vulnerables.

Resulta inaceptable que, como ocurrió en 1995 con el huracán Juliette, o en 2005 con Stan, las pérdidas humanas y materiales parezcan fuera de control. México y sus autoridades —federales, estatales y municipales— deben hacer lo mismo que se hizo después del sismo de 1985: establecer normas claras de acción para antes y después del paso de las lluvias y las ventiscas.

Cosas tan simples como no edificar cerca del paso natural de ríos o evitar la obstrucción de desagües pluviales son ignoradas año con año hasta el advenimiento de la nueva tragedia.

Hoy más que nunca es urgente planificar en la materia. El cambio climático derivado del calentamiento global causará huracanes cada vez más extremos. De hecho, ya está ocurriendo en muchas partes del mundo.

La condición geográfica de México lo hace particularmente débil frente a desastres previsibles como los de Manuel e Ingrid. Sin embargo, nuevas tragedias humanas y materiales podrán evitarse si actuamos ahora.



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