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Élmer Mendoza

Ricardo Romero

Elmer Mendoza. Escritor, Culiacán, Sinaloa. Estudió Letras Hispánica (UNAM). Imparte literatura, creación literaria, programas y conferenc ...

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03 de septiembre de 2013

Ricardo Romero, que nació en Paraná, Entre Ríos, Argentina en 1976, es autor de al menos cinco novelas, entre las que El Spleen de los Muertos, publicada por Ediciones Aquilina en marzo de 2013 en Buenos Aires, en su colección Negro Absoluto, funciona para conocerlo y advertir la fuerza de uno de los autores más vibrantes del cono sur, que además pertenece a ese grupo de argentinos que trabaja sin descanso como una manera de tragarse el mundo, y vaya que lo consigue.

El Spleen de los Muertos es la novela del desguace, del punto de quiebre donde la muerte parece ser el estado natural en una Buenos Aires devastada, oscura y azotada por la lluvia. Es una ciudad de sombras y melancolía donde hace mucho tiempo que murió el último tanguero. Sólo quedan dos flautas que aligeran el proceloso viaje hacia la noche y quizá una canción de Atahualpa Yupanqui. “El amor, hermanito, es una mentira que es verdad.” Manifiesta Romero, en una voz antigua que permanece en la novela, que es la tercera de una trilogía donde Maglier, Abelev y Muishkin se reparten el protagónico y los pocos besos que quedan en el aire. ¿Qué tan importante son tres amigos? Quizá mucho, al menos en esta obra son el frente que intenta explicarse una ciudad adherida a lo oscuro, con una enorme cantidad de misterios que no siempre es posible descifrar y mucho menos nombrar.

Tengo la impresión de que con esta novela, Ricardo Romero responde a Cristina Rivera Garza, cuando pregunta: “¿Cuáles son los diálogos estéticos y éticos a los que nos avienta el hecho de escribir, literalmente, rodeados de muertos?”. Pues nada, sólo que en esta historia se establece que: “Un muerto pesa más que un vivo, pero siempre menos que otro muerto”, y desarrolla un universo coherente donde el llanto ha perdido todo sentido de compasión. Buenos Aires está habitada por cadáveres y los vivos que quedan deben morir. Por ejemplo, la señora Guadalupe Huidobro, desde su ataúd, observa lo que no ocurre e ignora los rituales en su honor. Por todas partes existe una oscuridad en movimiento que consume lo que queda y obnubila el porvenir. Hay pocos nombres, muchos de ellos son de las calles y avenidas por las que circulan los personajes. Pocos recuerdos. Sólo esa fuerza humana que a toda costa intenta construir la normalidad con una sopa de fideos, una conversación de amigos, un juego de cartas o en la lucha a mano armada. Todo menos quebrantarse o caer en esa degradación de los absolutamente perdedores, “que apestaban como sólo apestan las cosas anónimas”.

Romero juega profundo. Viaja del apocalipsis a una ventana abierta como símbolo de la esperanza. Hay un fuego verde, un buque negro, unos hombrecitos azules y los cuerpos de la desolación que hostigan al color humano, que es un arcoíris al cuadrado, y desde luego que ocurre una buena batalla con los retrocesos necesarios. “Estar vivos es a veces la peor de las traiciones”. Afirma uno de los personajes, que por momentos no puede escapar de lo que encuentra a cada paso, y el paroxismo de perderlo todo y reconocer que “estar muerto es no tener nada ni nadie por quien morir”. Como se puede percibir, la muerte y numerosas visiones de ella saltan de una página a otra provocando diversas reflexiones. La que me provocó más seguridad, es aquella en que el autor no es que esté familiarizado con la muerte como tema, sino con la muerte real, la muerte como amenaza, como parte de un poder que los señalados para ejercerlo no desean controlar, como Santolaya o el profesor Laurence que ya conocerán. Algo así como: Si todos mueren en Buenos Aires, es que se lo tenían merecido.

“Ricardo Romero pertenece a la raza de los narradores genuinos”, reconoce Juan Sasturain en su espléndido prólogo de la presente edición; y me parece que se refiere a la profundidad que alcanza en un discurso emocionalmente equilibrado, limpio en su lenguaje y fuerte en la manera en que poetiza lo escalofriante. Sabe crear densidad y deja visible el hilo conductor que se fortalece con el paso de los capítulos. Proyecta el sedoso placer de narrar, ese que se experimenta cuando se deja madurar las novelas y entre sus objetivos sobresale el de contar, sin mayor sigilo o prevención. Hay momentos en que parece que los personajes están en un sueño; al final es sólo el cuidado de Romero que permite que la historia presente varias aristas interesantes.

Si usted es un lector de retos, un lector que no concibe la vida sin los libros, que se fascina con historias para recordar, la pasará muy bien con esta novela de atmósferas intensas, y seguro celebrará conmigo a Ricardo Romero y a su imaginación desbordada. Ya verá.



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