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Ricardo Raphael

La velocidad provoca violencia

Maestro en Ciencias Políticas por el Instituto de Estudios Políticos de París, Francia. Maestría en Administración Pública por la Escuela ...

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02 de septiembre de 2013

Enorme ha de ser el cómputo de mensajes opuestos depositado hoy dentro de la casa presidencial. Si la polarización que ha surgido arroja sobre la opinión pública una pila altísima de argumentos explosivos, no es difícil calcular lo que Enrique Peña Nieto ha tenido que escuchar, de uno y otro lado, durante los últimos días.

Por una parte están quienes demandan oponer músculo para combatir a los disidentes de la reforma educativa. Por la otra estamos los que pedimos, como ayer Enrique Krauze (Reforma 01/09/13), prudencia y contención en el uso de la fuerza y, sobre todo, agotar los canales del diálogo. Parafraseando al sabio historiador: más Ruiz Cortines y menos Díaz Ordaz.

Hoy que pronuncia su primer informe de gobierno, para el presidente será difícil —que no imposible— escaparse al dilema colocado por ambos frentes. De cara a tan contradictorias demandas, se someterá al jefe del Ejecutivo para que responda sin ambigüedades: o apuesta por la negociación, o bien cede ante el discurso de linchamiento que ha venido fabricándose, desde algunos medios, con ayuda cómplice de las estrategias equivocadas por parte del movimiento magisterial.

Ante este desafío, el procurador Jesús Murillo Karam deslizó ya una frase clave: “Los gobiernos débiles aplican la fuerza, los fuertes son tolerantes.” En torno a este argumento podría girar la posición de Enrique Peña Nieto en su discurso de hoy. Cabe también que el Ejecutivo asuma una opinión similar a la que una gran mayoría de capitalinos ha expresado en las encuestas, a propósito del uso de la fuerza, para desalojar a los maestros de la CNTE de la ciudad de México.

No deja de ser curioso que ambos extremos coincidan en que el tono del presidente en su informe será determinante para definir el estilo de gobierno que el mexiquense desplegará los próximos cinco años.

Unos le aseguran que si cede ante las presiones de los maestros, mañana tendrá que hacerlo con aquellas que provengan de la oposición a las reformas energética o fiscal. Por ello es que le exigen mostrar mano (¿voz?) dura y determinación. Otros, valorando la misma circunstancia, asumen que una salida negociada a este conflicto abrirá hacia delante un estilo políticamente prudente con respecto al resto de los asuntos que tiene el Ejecutivo en su cartera.

No deja de ser una paradoja que, a estas alturas, no sepamos los mexicanos cómo actuará Peña Nieto ante la actual circunstancia. ¿Se trata del mismo gobernador que se equivocó en Atenco o del presidente que convocó al Pacto por México? Si sigue siendo el primero, mañana se sabrá; lo mismo que si aquel episodio, y una mayor experiencia en el arte de gobernar, lo hicieron cambiar.

No oculto aquí mi predilección por la sentencia de Murillo Karam y es que prefiero a los gobiernos fuertes sobre los débiles o, en sus términos, a los prudentes sobre los intolerantes. Hoy me gustaría escuchar a un presidente que es capaz de desafiar con firmeza los ánimos de linchamiento, al tiempo que combate la beligerancia de los profesores con el diálogo y el razonamiento. Es mi opción que se agote primero el intercambio de razones y que se escuchen las distintas voces hasta hallar un puente de entendimiento. Es mi convicción que el uso de la fuerza es la última de las instancias con que cuenta el Estado democrático.

Creo por otra parte que, para evitar la trampa fijada por la opinión pública (fuerza vs. tolerancia), el presidente podría optar por modificar el ritmo (la prisa) del procedimiento, otorgándole a cada tema complicado el tiempo que requiere para madurar y ser desahogado. No sobra añadir a la reflexión de Murillo Karam que los Estados fuertes son también aquellos que ejercen un gobierno eficiente sobre los relojes políticos, independientemente de la urgencia que las pasiones y los intereses particulares intentan imponer. Me inspira hoy una frase del filósofo español, José Antonio Marina: “Mientras la velocidad provoca violencia, la paz proviene de la pausa.”

Si en vez de cerrarle el paso a una voz sobre la otra, el Ejecutivo convoca a agotar el trámite parlamentario, en las cámaras de Diputados y Senadores existe una probabilidad alta para que los opositores de la reforma educativa encuentren salida a sus preocupaciones. Ahora bien, si pausado el ritmo no se encuentra solución, entonces la mayoría habrá de votar. A partir de ese momento todas las partes estarán obligadas a respetar la ley aprobada. El uso de la fuerza quedará al final como última y no como primera solución.

 

Analista político



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