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Élmer Mendoza

Ana Clavel

Elmer Mendoza. Escritor, Culiacán, Sinaloa. Estudió Letras Hispánica (UNAM). Imparte literatura, creación literaria, programas y conferenc ...

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20 de agosto de 2013

Ana Clavel es una novelista del cuerpo. Cada una de sus entregas es el cuento de cómo los seres humanos somos los dueños de un universo de suavidades y cavidades que es necesario nombrar por su capacidad de unificar pensamientos dispersos. El poder, la violencia, la religión o las enfermedades desaparecen al primer llamado. Ah cómo crece y palpita el lenguaje en estas líneas que escurren como si salieron de la cálida matriz del cosmos. En su novela Las ninfas a veces sonríen, publicada por Alfaguara en México en noviembre de 2012, cada página es una vibración que se comparte como una forma de salvar a la raza humana.

Ana Clavel, que nació en la ciudad de México en 1961, es la gran creadora de atmósferas de deseo en la literatura mexicana. En la novela que nos ocupa, desarrolla el instinto erótico de Ada, una princesa de un reino cercano, que con cada experiencia no sólo aprende a ir más segura por el mundo, sino a ser feliz justo con lo que es suyo y de nadie más: su cuerpo. Ada no teme a la proximidad masculina, por el contrario, entiende que esa rica mezcla de sensaciones es el placer y que no pocas veces es prohibido. Ada, es mucho más atrevida que Lolita, por ejemplo, y nada manipuladora, puesto que algo le dice que ha nacido para el placer y que es una especie de sacerdotisa del cuerpo. “Mi mirada en el espejo era el más amoroso y violento de los besos”, afirma quien sabe de la fuerza de sus ardores.

Las ninfas a veces sonríen es una novela de seducción contada en primera persona. Es rica en expresiones suaves, esas que erizan las ganas y consiguen que el lector busque una ventana para ver si alguna nínfula pasa en ese momento por la calle o pasea por el jardín olisqueando las flores, ligera como una chuparrosa. Lengua, boca, labios, succión, su olor me abre; “caballero de manos dulces”, “me cobijó entre el compás de sus piernas”, “se subió las enaguas y lo obligó a lamer el fruto oscuro, de sabor agrio, que tenía entre las piernas”, son algunas de las expresiones con que la personaje se explica lo que le pasa a ella y lo que ocurre alrededor. Ana Clavel escribe con estilo. En su discurso todo parece natural, se siente que esos cuerpos jóvenes lo único que hacen es vivir las etapas necesarias para descubrir las delicias del cuerpo y de la vida, “el placer torbellino de dejarse sorber por el goce y la voluntad del otro”, y no olviden que hay que comer y bailar que el mundo se va a acabar.

Ada es una nínfula que crece feliz. Supo cómo convivir con faunos de cascos centelleantes, saciar su curiosidad y celebrar cada encuentro como una pieza única. Madura ya nos cuenta de amantes especiales, entre ellos el ginecólogo de manos largas que le ayudó a ser madre en un parto natural. También su experiencia con un príncipe de semen azul sin dejar fuera al primo providencial que toda chica de familia decente tiene a mano. Ada tampoco careció del tío lubricoso y de una numerosa cohorte de amigos de sus hermanas mayores. Qué haríamos sin el amor filial, ¿verdad? Con ese estilo suave de una novelista que no se interesa por el paso del tiempo, Clavel nos conduce, con mano segura por esa historia hecha de respuestas para preguntas que uno no había pensado pero que de seguro, en algún momento de su vida, se iba a formular. Entre ellas la respuesta maestra que al final es la que hace este mundo posible: las mujeres y los hombres no son iguales. Sobre todo en este espacio, de capítulos breves pero sustanciosos, donde no hay frutos prohibidos.

En esta novela se celebra la vida. Las sudoraciones corporales, las miradas, el concepto de Paraíso, el aleteo de las mariposas, las falsas casualidades; se mencionan la cerezas y la ambrosía como instrumentos de pasión, se jerarquiza esa “sombra deseante de los misterios de su aroma”, la enseñanza de que, “es propio del amor saber sin haber aprendido”, o aquello de que “los ojos también tienen tacto”; queda claro que un hombre y una mujer están aquí para encontrarse, tocarse y sublimar la palabra hecha susurro, cuando se supera “el goce de ser perseguida”. Nadie se atreverá a negar la fuerza de los intersticios.

Las ninfas a veces sonríen, es muy clara: El sexo es la única fuente de la eterna juventud. La pasión es el exclusivo alimento contra el abismo. Un encuentro sexual es el camino de la gloria y el primer paso para obtener las llaves del reino. Ana Clavel nos cuenta y nos invita a llevar una vida correcta y productiva, sin olvidar a nuestro cuerpo, “que siempre será virgen”.



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