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Ricardo Raphael

Caro Quintero: ¿volver atrás?

Maestro en Ciencias Políticas por el Instituto de Estudios Políticos de París, Francia. Maestría en Administración Pública por la Escuela ...

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12 de agosto de 2013

El narcotráfico en Sinaloa comenzó siendo un negocio de familia. Hacia 1955 ya se hablaba de tres jóvenes contrabandistas de goma que la policía detuvo en la frontera bajacaliforniana: Fidel Carrillo Caro, Ramón Quintero Beltrán y Ernesto Fonseca Carrillo. Todos nacieron en Badiraguato. Si a estos apellidos se agregan otros cuantos, es fácil confeccionar la lista de los sujetos más buscados en el presente por la DEA.

Fue en el seno de una de estas familias sinaloenses que nació Rafael Caro Quintero. Por los cuatro costados le llegó el oficio. Cuando ingresó al negocio familiar, el producto estrella era la marihuana y apenas comenzaba a serlo la cocaína.

El éxito principal de la empresa, en los años ochenta, descansaba en dos razones: un entendimiento cómplice con las autoridades y una relación civilizada entre sus integrantes. Miguel Ángel Félix Gallardo, mejor conocido como el Jefe de Jefes, era el responsable de garantizar la armonía. Cuentan que, para convencer a sus enemigos, entre el plomo y la plata prefería ser generoso con la segunda. Al menos con esa fama fue que logró tejer los trajes que le vestían de cara a la autoridad.

Como segundo en el mando de aquel negocio estuvo el viejo Ernesto Fonseca Carrillo. El siguiente peldaño de la escalera lo ocupaba Rafael Caro Quintero, un hombre que entonces solo contaba con 30 años. Bien dicen los Tigres del Norte que “la confianza y prepotencia (son) la falla del valiente.” Su soberbia cerró un capítulo en la historia criminal de nuestro país para que se abriera otro mucho peor.

Cabe repasar la historia: durante los primeros años 80 del siglo pasado Rafael Caro Quintero construyó una muy ostentosa planta para procesar marihuana, situada a solo 12 kilómetros de la ciudad de Chihuahua. (Una relación estrecha con la autoridad puede explicar la protección impune que este sujeto logró acumular).

Durante el mes de noviembre de 1984, el piloto privado Alfredo Zavala Avelar, descubrió la propiedad y la industria que ahí operaba. Informó entonces a Enrique Camarena, un agente estadounidense destacado en México y que formaba parte de la DEA. Este funcionario llevó el asunto ante las autoridades nacionales y pocos días después el Ejército mexicano desmanteló la planta procesadora.

Ya en aquel momento las instituciones mexicanas padecían la penetración del cártel sinaloense, lo que permitió que Caro Quintero tuviera conocimiento cierto sobre el origen del pitazo. En revancha hizo secuestrar, tanto al piloto Zavala como al agente Camarena, y luego ordenó que los asesinaran.

La furia del gobierno estadounidense no esperó y la autoridad mexicana se vio obligada a entregar al más viejo de los gomeros: Fonseca Carrillo. Tras las rejas, este hombre señaló al autor intelectual de los asesinatos, lo que llevó a la captura de Caro. Mientras esto ocurría, se hizo público que, en los asesinatos referidos, habían participado más de una docena de policías judiciales y otros tantos empleados del estado de Jalisco. La DEA aprovechó la vergüenza por la que internacionalmente estaba atravesando el gobierno mexicano para exigir una solución radical: para apaciguar su ira pidió y obtuvo la cabeza de Miguel Ángel Félix Gallardo.

Aquel episodio marcó el arranque de una muy larga secuencia de actos violentos entre las organizaciones mexicanas dedicadas al narcotráfico. Con ánimo sanguíneo, distintos líderes trataron de recuperar, para sí, el reinado que fuera del Jefe de Jefes. Una aventura imposible porque la naturaleza del negocio, y también de los integrantes de la antigua empresa, cambiaron de manera definitiva.

Hoy comete un equívoco quien piense en regresar las manecillas del reloj al año 1984. Aquel idílico arreglo entre las autoridades y un solo capo es imposible de recuperar. El origen de la crisis no debe ubicarse en el fin del imperio construido por Félix Gallardo sino en la relación corrupta y peligrosa que su organización sostuvo hasta el final con la policía y las autoridades mexicanas. Lo grave de aquel episodio fue la participación de funcionarios públicos en el asesinato de Camarena, y también que estos respondieran a las ordenes de joven Caro Quintero. Que los capos disfrutaran entonces de una civilizada relación es solo una anécdota que, para su conveniencia, algunos han querido mitificar.

 

@ricardomraphael
Analista político



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