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Guillermo Sheridan

Vuelta a Vuelta

Guillermo Sheridan (1950) es investigador en la UNAM y periodista. Ha publicado varios libros académicos sobre la cultura mexicana moderna, en ...

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16 de julio de 2013

Hace quince años se publicó el último número de la revista Vuelta (1976-1998), la revista fundada y dirigida por Octavio Paz: continuadora de su revista Plural y progenitora de Letras Libres. La literatura y las ideas en México suelen cocinarse en las revistas, esos polimorfos, vivos centros de irradiación. La labor editorial de Paz —desde que fundó en 1931 la revista Barandal, a sus diecisiete años de edad, y hasta el último número de Vuelta, a sus ochenta y tres, pasando por su participación, en los Cuadernos del Valle de México (1933), la revista Taller (1938-1941); la revista El Hijo Pródigo (1943-1945); la revista Plural (1971-1976)— fue tan rica como la de su poesía y su pensamiento crítico, y un gesto más de su pasión por México.

Su actividad como editor es esencial en la justificación de ese párrafo elocuente de Alejandro Rossi en su “Borrador de un elogio (a Octavio Paz)”: “Es el pedagogo por excelencia: nos ha forzado a abandonar el barrio y sus lunas caseras, nos ha colocado en la plaza del mundo, nos ha obligado a leer —desde un poeta chino a un soneto desatendido de Quevedo—, nos ha convencido de que el ombligo no es tan interesante, nos ha enseñado que la cautela es el peor aliado del escritor, que la libertad debe ser el pan nuestro de cada día, el alimento de la aventura artística”.

Una pedagogía que se sostuvo tenazmente en sus revistas, singulares oficios de escritura colectiva, las dendritas que se enhebran para tejer la conciencia cultural de una nación. Alguna vez sostuve que la más verdadera y reconcentrada historia de la literatura moderna en español está en las revistas, esos híbridos que son brújula y escollo a la vez; hilo de Ariadna y laberinto, pitonisa y enterrador. Las revistas le otorgan esqueleto a la continuidad y razones a las rupturas. Son pontífices: hacen puentes de papel; obligan a la curiosidad y al diálogo, civilizan a la inteligencia, orillan a asumir responsabilidades críticas y morales, su urgencia secuencial vacuna contra la indolencia y la soberbia.

Yo me eduqué en las revistas literarias. La primera vez que vi mi nombre impreso fue en una juvenil empresa iniciada por Adolfo Castañón. Se llamaba Cave canem y calculó que apareció (y desapareció) por 1971. Rompí lanzas, después, en la Revista de la Universidad, en el suplemento sábado del diario unomásuno y en los primeros números de Nexos. Pero me armé caballero en Vuelta, escribiendo reseñas de libros y pequeñas crónicas. Demasiada buena escuela para tan torpe caballero: la conciencia de que Paz leía y revisaba todo era intimidante y, a la vez, exigente. No se podía pedir más.

Mi primer proyecto como investigador en la UNAM —gracias a un contrato que me extendió Huberto Batis— fue escribir un estudio, con índices críticos, de la revista troquel de nuestra cultura moderna: Contemporáneos (1928-1931), con el que presenté examen de maestría. Dediqué cuatro años (a medio tiempo) a estudiar esa revista, su tiempo y la obra de sus redactores, con febril entusiasmo. El mismo que ahora, en un inevitable giro de tuerca, percibo en el excelente estudio de Malva Flores, Viaje de Vuelta. Estampas de una revista (Fondo de Cultura Económica, 2011).

Traigo esto a colación no sólo por celebrar el discreto cumpleaños de nuestra revista, sino por la rara sensación que deriva de hallarme, en el libro de Flores, ya no como historiador de revistas, sino como personaje historiado por haber participado en Vuelta. Y me sorprende leer que, de acuerdo con Flores, soy “el tercer escritor con mayor número de colaboraciones en Vuelta, después de Paz y Zaid.” Caramba. Mi primer impulso es apenarme; pero pienso luego en que si Paz y Zaid (y Rossi, y Krauze) así lo permitieron así, debo prescindir, por un instante, de mi modestia.



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Editorial EL UNIVERSAL Estafa en seguridad


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