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Carmen Boullosa

Contra lo nuevo

Carmen Boullosa. Escritora. Sus novelas más recientes son El Complot de los Románticos (Premio Café Gijón, Editorial Siruela) y Las Paredes ...

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27 de junio de 2013

No me gusta lo nuevo porque sí. Tampoco en las artes, ni las “nuevas formas” ni la “nueva” literatura: busco lo que tenga sentido, contenga, diga, corresponda al día de hoy y a la memoria. Lo joven, sí. Lo que es un reto funcional y formal, pero sin buscar ser “nuevo” a secas, sin pretender ganarse al lector asustándolo con un fantasma jamás antes visto. Me aburre la idea de la perpetua “novedad”, lo más posible es que termine por ser sólo el “ya viene el lobo” una vez más, el traje el emperador. Es llamarada de petate.

Por esto, también, Estambul me atrajo tanto. Es antigua, es ancestral, ha caminado en la línea del tiempo con la mano en la cintura, y hoy confronta al presente, lo reta, se rebela. No quiere “lo nuevo” sino “lo habitable”. Dialoga e impone. Como está entre Europa y Asia, como está tan cercana al territorio que ha ido ganando el fundamentalismo islámico, como en su historia (desde Atatuk, amigo de nuestro presidente Calles) tiene abierta la posibilidad de un laicismo en la vida civil, es diálogo ella misma. La que un día se llamó “Nueva Roma” no tiene pasión por lo “nuevo” -hoy en llamas por un movimiento que empezó defendiendo un parque que iba a ser destruido para construir algo “nuevo”-, pero ninguna gana de quedarse siendo sólo actor del pasado. Un detalle: los cocineros, los diseñadores, los arquitectos hablan de estilo “neo-otomano”, y otros con el mismo fervor discuten si existe o no, argumentando que varias veces han roto con el pasado y que aún les falta recuperarlo -por ejemplo, en la cocina, al optar por “nuestro” alfabeto, las recetas quedaron guardadas en archivos que hasta hoy comienzan a consultarse-.

Pero no hace falta irse tan lejos. Estados Unidos de América fue posible cuando dejó de ser las “nuevas” colonias inglesas. Las “nuevas” formas son las que, en su pretensión de serlo, se amarran a la rienda de lo antiguo, no tira hacia el presente y el futuro.

La gran lección está en Juana de Asbaje: está en la Nueva España, pero no se obsesiona por lo “nuevo”. Usa la tradición, las formas “españolas”, los modos de los “negrillos”, los de los naturales, para hablar como no lo había hecho nadie del presente, del pasado y del futuro de estas tierras, de la mujer, de la literatura, de la ciencia, de la conciencia, de la imaginación, e incluso el posible (o imposible) de la religión con un valiente acercamiento al mestizaje, también en este rubro.

Desear y preferir lo “no-nuevo” no quiere decir de ninguna manera aceptar seguir al rebaño. Para ejemplo: el lector de la Biblia que lee el libro como aceptando su calidad de rebaño, cree que encuentra en sus páginas “el” decreto, la palabra de su dios y el código ético y moral con que debe comportarse. ¡Qué confusión! En la Biblia los libros que la forman defienden códigos éticos muy distintos. Ese lector del rebaño no se da cuenta de que el libro no es un decreto (que lee como “nuevo”) ni “una” verdad, sino una acumulación de verdades que se contradicen unas a otras. Ésa es su fuerza: no es un decreto que le habla al “hoy” como un “nuevo” mandato sino la visita a muchos pasados.

El lector del rebaño lee de rodillas. Si leyera moviéndose hacia el presente, sabría que si acaso hay en la Biblia un puño divino, no es uno, sino varios, y bastante caprichosos.

Con la lectura “fanática” -o, como la he llamado, “del rebaño”- el atento seguidor de la Biblia se pierde sus mayores riquezas e introyecta vilezas. Un ejemplo: pondera al padre que está dispuesto a sacrificar a su propio hijo por amor a su dios, y más pondera a ese dios porque le perdona, le dispensa esa vida con su “amor”. Pierde el poder del texto, su revelación “histórica”, sus múltiples sentidos; y no medita en el papá que sacrifica al hijo ni en Edipo, grandes temas. Vende el poder de su lectura por un plato de lentejas.

Cree que gana su “fe” y su “conocimiento de Dios”. En lugar de eso, como buen fanático, alimenta su apetito de violencia, y su sed de sangre con la de sus propios hijos.



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