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José Antonio Crespo

Dios y César

- Licenciatura en relaciones internacionales. El Colegio de México - Maestría en Sociología política. Universidad Iberoamericana. - Docto ...

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18 de junio de 2013

El evangelio cristiano, antes de ser distorsionado y deliberadamente manipulado por las diversas iglesias, separaba claramente los espacios de la política y la espiritualidad (a Dios lo que es de Dios...), y también presentaba como antagónicas la “ley de Dios” (las leyes del universo) y “la ley de los hombres” (prejuicios, protocolos sociales, dinero, prestigio, poder político). Si se privilegia la ley de los hombres y la política, se impide o posterga la integración con lo divino. Las grandes religiones dicen otro tanto, aunque con palabras y expresiones diferentes. Desde la racionalidad política, Maquiavelo aconsejaba también al príncipe alejarse en la práctica de los principios cristianos (pero recomendaba mantenerlos en el discurso para efectos de popularidad y legitimidad) pues de seguirlos puntualmente le sobrevendría un seguro fracaso. Y a los buenos cristianos, les recomendaba no meterse a la vida política si es que querían observar cabalmente los valores de su religión. De buscar el poder y seguir la racionalidad consecuente, podrían perder su alma.

Pero dicha separación entre política y religión es también racional desde la perspectiva social, para evitar que un credo se imponga sobre los demás y lograr que la convivencia social y política responda a criterios empíricos e inteligibles y no a cuestiones de dogma o fe. Históricamente, al mezclar religión y política surgen cruzadas absurdas y cruentas guerras de religión, odio y muerte, justo lo contrario de lo que el cristianismo busca. Pero tal parece que nuestros políticos no tienen memoria histórica, por lo que con gran facilidad menosprecian y patean un principio racional como el de la laicidad. En particular (aunque no exclusivamente) lo hacen los panistas. Ese partido, justo por nacer dentro de un Estado laico, decidió presentarse como estrictamente civil, aunque su esencia era confesional, como los demócrata-cristianos. Su compromiso democrático parecía claro, y su aspecto confesional se mantenía bajo control, con discreción. Pero al llegar al gobierno se invirtieron esos principios; el PAN decidió relegar (u olvidar, incluso traicionar) su compromiso con la democracia, en tanto que desplegó a los cuatro vientos su carácter confesional; el crucifijo que recibió Vicente Fox al asumir la Presidencia y su visita “oficial” a la Basílica fueron más que elocuentes. Y de ahí pa’l real.

El caso de la alcaldesa de Monterrey entregando a Jesucristo las llaves de la ciudad en tanto autoridad (menudo lío en que metió al Hijo del hombre), no es aislado ni único. Los priístas, antes adalides de la laicidad (cayendo incluso en el jacobinismo que condujo a las guerras cristeras), cada vez más siguen a los panistas en eso de expresar públicamente su fe religiosa (probablemente con fines demagógicos, pero también para congraciarse con ese otro poder fáctico que es la iglesia católica). Ha habido un contagio perverso entre PAN y PRI; el PAN tomó del PRI su falta de ética política, su corrupción y turbiedad electoral; y los priístas muestran con creciente frecuencia su desprecio por el carácter laico del Estado, y adoptan los valores conservadores del panismo (como la oposición a despenalizar el aborto o a los matrimonios gay).

Pero la alcaldesa regia muestra una paradoja; aunque se dice católica, acudió a un acto de evangelistas y pateó desde ahí la laicidad del Estado probablemente sin percatarse de que gracias al carácter laico del Estado es que evangelistas u otras iglesias no católicas pueden practicar y predicar libremente su culto. Deberían ser las minorías religiosas las primeras interesadas en preservar la laicidad estatal. De prevalecer una religión de Estado “sin tolerancia de ninguna otra”, como ocurrió hasta 1856, serían acosadas y perseguidas dichas minorías. Por eso me temo que, al menos en el caso de la alcaldesa de Monterrey, no le queda claro lo que implica la laicidad del Estado. Y de ahí que no sienta contradicción alguna entre expresar públicamente y como autoridad sus creencias personales, señalando en cambio que era necesario fortalecer los valores de la sociedad (como si no existieran valores seculares).

No estaría mal que, para poder competir por algún cargo de elección popular, se exigiera antes haber cursado y aprobado un curso mínimo (impartido por la SEP o quizá el IFE) con temas como cultura cívica elemental, ética política, republicanismo, rendición de cuentas y laicidad del Estado.

cres5501@hotmail.com

Investigador del CIDE



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