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Ricardo Raphael

China y nuestros prejuicios

Maestro en Ciencias Políticas por el Instituto de Estudios Políticos de París, Francia. Maestría en Administración Pública por la Escuela ...

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10 de junio de 2013

Lo dijo tan seguro de sí mismo que casi nos convence: “Los mexicanos no tenemos nada que ir a hacer en China. Nuestros productos no les interesan. No veo por qué el gobierno debería invertir energías en penetrar los mercados chinos.”

Los dos periodistas que desayunamos ese día con Gerardo Ruiz Mateos, entonces secretario de Economía, nos quedamos con el ojo en forma de rombo.

Varios argumentos se nos atoraron al mismo tiempo a la altura de nuestra respectiva manzana de Adán: pero si es la segunda economía más grande del mundo, pero si es el mercado de consumidores más importante, pero si están creciendo a tasas de doble dígito, pero si los países de América Latina que mejor han librado el vendaval lo hicieron porque supieron exportarle a los chinos.

El funcionario nos miraba con absoluta condescendencia. “Las instrucciones del presidente Felipe Calderón son mirar al sur y consolidar nuestra relación con el norte del continente. Con China no tenemos ninguna oportunidad.”

¿Cómo ocurre que un país pueda virar tanto su política exterior y sus estrategias de comercio internacional, en dependencia del tamaño de la ignorancia del burócrata que cobra el sueldo más alto? En 2010, los prejuicios de Ruiz Mateos, y muy probablemente de su jefe, agrandaron la distancia entre las costas del Océano Pacífico. Hoy los cálculos de Enrique Peña Nieto nos vuelven a acercar a China.

Dos países que se aproximan o se alejan cuando las mareas del estado de ánimo y los estigmas de unos cuantos logran imponerse.

La semana pasada Xi Jinping, jefe del Estado Chino, insistió ante la representación nacional mexicana sobre el poderío que nuestro país obtendrá en próximas décadas. Con ese argumento justificó el interés que su propia nación tiene puesto sobre nosotros. También aseguró que trabajaría para reducir las barreras que impiden a los productos mexicanos venderse en la tierra del más antiguo de los dragones.

Enrique Peña Nieto untó miel para curar las heridas que se multiplicaron en la última década: dejó en claro que los mexicanos estaríamos interesados en recibir inversión china para financiar infraestructura; en particular para costear trenes y carreteras.

¿Bastará la voluntad de los mandatarios para mejorar la relación entre ambas naciones? Muy probablemente no. El océano Pacífico no es la única distancia que las separa. Como bien lo ilustra la anécdota de Ruiz Mateos, a veces un prejuicio bobo es mucho más poderoso que una montaña de racionalidad económica. Y la historia de prejuicios bobos entre estos dos países es tan larga y tortuosa como la los viajes que hacía la antigua Nao de China.

La proximidad y la distancia con esta nación han experimentado la gravedad del péndulo. Muy cercanos fuimos a los chinos cuando Porfirio Díaz gobernó. En Bucareli, ciudad de México, hay un bellísimo reloj que esa comunidad migrante hizo a nuestro gobierno por sentirse bien tratada durante casi treinta años.

Luego, a penas estalló la Revolución, lo que antes fuera afecto se convirtió en odio y violencia genocida. En Torreón, y luego en Sonora y Sinaloa, las pulsiones antichinas nos hicieron cometer crímenes que nuestra memoria no debería extraviar jamás.

Episodios que fundarían una ancha separación hasta que, en los 70, Luis Echeverría resolvió con el argumento de las naciones no alineadas. Más tarde, de nuevo, una pésima conducción de la política exterior enfrió la amistad, al punto de desestimar la importancia económica del mayor gigante asiático.

Por lo anterior, hay una pregunta que hoy no es nada ociosa: ¿será otra vez que la proximidad entre México y China tenga como único eslabón el estado de ánimo de los gobernantes? Para responder con parsimonia, no tienen desperdicio las frases —mezcla de miedo y desprecio por lo chino— que se acumularon la semana pasada, durante la visita de Xi Jinping.

Todos los lugares comunes, de golpe repetidos sin cuestionarse: chinos abusivos, avaros, sucios, endogámicos, etcétera, etcétera. De nuestro lado queda aceptar que no es el océano Pacífico, sino el racismo y la discriminación, la materia con que ha sido fabricada la principal distancia con los chinos

Es contra esa tara que cabría librar la batalla principal y para ello no basta la voluntad política. Hay poblaciones extranjeras con las que hemos resuelto mal la historia mutua; la china es sin duda una de ellas.

 

Analista político



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