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Mauricio Montiel Figueiras

Los bustos de Hermenegildo Bustos

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29 de mayo de 2013

Nacido en abril de 1832 y fallecido en junio de 1907, Hermenegildo Bustos permaneció casi toda su vida dentro de los confines de Purísima del Rincón, Guanajuato, su poblado de origen. Fundado en 1603 junto con su pueblo hermano, San Francisco del Rincón, Purísima tenía seis mil habitantes en el siglo XIX; su fuerte raigambre católica no le impedía contar con un sólido prestigio liberal que enorgullecía a los lugareños y que se vio refrendado en febrero de 1858, cuando Purísima acogió por espacio de dos semanas a Benito Juárez. Recién nombrado Presidente de la República por primera vez, Juárez venía de la capital guanajuatense; al ser recibido con júbilo en Purísima, decidió instalar su despacho en la sede del Ayuntamiento. En ese despacho se presentó una mañana Hermenegildo Bustos con la idea de retratar a Juárez, que accedió a la propuesta; según cuenta Raquel Tibol, el retrato estuvo en casa de Bustos hasta la muerte de este, y luego la obra pudo ser destruida. En 1956, Purísima del Rincón se rebautizó como Purísima de Bustos en honor del artista que le dio rostro.

Pintor desde su temprana juventud, Bustos tenía alma de cronista: registraba nombres, fechas y sucesos con minuciosidad. Tal espíritu era hereditario: su padre, el campanero José María, fue un fervoroso practicante de la memoria escrita que redactó numerosas páginas donde consignaba hechos de la vida cotidiana en Purísima del Rincón; hechos en los que, curiosamente, olvidaba incluir el nombre de su esposa, Juana Hernández. Bustos cierra la descripción de Fenómeno (1883), uno de sus cuadros más bellos, con una frase que evidencia la pasión por ser preciso: “Yo estuve con ese cuidado de observar.” Este cuidado se gestó desde que Bustos, autodidacto por excelencia, “pretendió recibir algunas enseñanzas”, según anota Walter Pach, el historiador que abrió las puertas a la vida y obra del guanajuatense con un ensayo publicado en 1942 en la revista Cuadernos Americanos bajo el título de “Descubrimiento de un pintor americano”. El mismo Pach añade que, al ser objeto de burla de los otros estudiantes, Bustos renunció a la educación y regresó al campo. Aislado en su pequeño entorno pueblerino, el artista se dedicó a consultar libros en busca de recetas para preparar colores. El cuadro más antiguo que se conserva, el retrato del presbítero Vicente Arriaga, data de 1850, cuando Bustos tenía dieciocho años, y en él ya hay un ojo plástico definido: el rostro de tres cuartos, la vista que el retratado fija en el espectador, el tratamiento de la luz en la piel que remite a ciertos pintores flamencos.

Una de las características más sorprendentes de los retratos de Bustos es su poder de penetración psicológica: las facciones trascienden el paso de los años y transmiten sentimientos intemporales. Paul Westheim dijo que el pintor aprehendió la “vivencia [del] alma” de cada retratado y “a lo esencial se concretó”. Esa esencia, no obstante, se concentra en los rasgos faciales: Bustos redujo al mínimo necesario el cuerpo de sus personajes. Además del rostro, los bustos de Hermenegildo Bustos cuentan con otro elemento corporal que nos permite acceder a su espíritu: las manos, empeñadas en sostener objetos —papeles y libros, bastones y carteras, monedas y alhajas— que constituyen otra seña de identidad. Poco importa que varias de esas manos sean “anatómicamente defectuosas”, como opinó Jesús Rodríguez Frausto; importa que toda una comunidad haya sido inmortalizada por un artista autodidacto que supo percibir lo que palpita más allá del semblante.



Editorial EL UNIVERSAL Deuda, un riesgo latente


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