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Rafael Pérez Gay

Ciudad y memoria

Ha publicado cuento (Me perderé contigo, Llamadas nocturnas, Paraísos duros de roer) y (El corazón es un gitano), novela (Esta vez para siem ...

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16 de mayo de 2013

Twitter: @RPérezGay

Desde la azotea de la casa, mientras un cielo entoldado cubre las calles y desprende una lluvia fina, me pregunto si hay un lugar en la ciudad de México que nunca olvidaré. Me refiero a ese espacio de la infancia que por alguna razón nos marcó y siempre llevaremos con nosotros, hasta en el último suspiro. A veces creo que más que el cemento y la obra pública, a las ciudades las construyen esos recuerdos.

Los edificios Condesa aún no eran en los años sesenta el gran lugar de los artistas. La leyenda urbana contaba que en las pequeñas calles interiores del conjunto de edificios se ocultaban los Friend’s, una de las pandillas más temibles de los alrededores.

Por la noche, los Condesa le inspiraba miedo a los más bragados de la colonia. Paul y Germán, líderes de los Friend’s, planearon invasiones audaces a la Romita, al Parque México. Cronistas de uno y otro bando contaban de madrizas épicas.

En tiempos de violencia desaforada, contar que ésos jóvenes usaban cadenas y tubos suena ingenuo. La Bruja había realizado una maestría en delitos nocturnos y cargaba un revólver cuyo cilindro ponía en la palma de la mano derecha. La Bruja era el líder del grupo callejero enemigo de los Friend’s. A veces me aceptaba como mascota, el menor del grupo, y a mí me aterraba la trama violenta de la vida de La Bruja.

Se contaba que La Bruja había golpeado hasta cansarse a dos patrulleros a los que metió a patadas debajo del coche de la torreta. Un día de marzo del 66, La Bruja caminó hasta los edificios Condesa a cobrar una venganza. Nunca supe cuál había sido el agravio. Lo acompañó El Chiricuto. Caminaron por Antonio Sola hasta Mazatlán. Ambos se perdieron en las sombras y entraron a los edificios Condesa por la calle de Juan de la Barrera. Paul y Germán los esperaron en Matehuala. No hubo diálogo, después de los insultos, La Bruja le descerrajó dos tiros al Germán. Murió antes de que llegara la Cruz Roja, al cadáver lo recogió la Cruz Verde.

Después de arrojar su vida por un acantilado, La Bruja despareció varios días, se esfumó. La Policía le echó el guante en la calle de Cuernavaca, donde vivía su novia Francisca. El asesinato apareció en los periódicos y mi padre giró órdenes perentorias de que yo no salía de la casa sin compañía por ningún motivo. Le reprochó a mi madre y le dijo: vas a llorar lágrimas de sangre. A La Bruja lo encerraron en el Palacio Negro de Lecumberri donde purgó su condena e hizo su doctorado en crimen organizado.

Las calles se convirtieron en espacios deshabitados, como si todos huyéramos del fantasma de Germán y su juramento de venganza. Volvimos a la calle tiempo después, cuando el olor a muerte se disolvió en el óxido de la vida diaria. El cronista oficial de la historia, El Chiricuto, detenido y puesto en libertad un mes después, contaba versiones diferentes. En una de ellas, La Bruja le apuntó a Germán al estómago mientras le gritaba maricón. Paul le pedía que no disparara. Esto ocurrió en Agustín Melgar, bajo la oscuridad protegida por las jacarandas de marzo. Cuando cayó, La Bruja le disparó al pecho con un odio, decía El Chiricuto, de asesino ofendido.

Tiempo después, la versión corrió como fuego en la paja. La Bruja había matado por despecho, Germán le había robado el negocio de la vida, un joven adinerado de Polanco que les pagaba y repartía el dinero de su padre, un político conocido del diazordacismo. Los pliegues de esa historia de chantaje, robo y sexualidad envolvieron a La Bruja y a Germán. ¿Por qué crees que le dicen La Bruja?, me dijo Perico con un desprecio que nunca olvidaré.

Más que la muerte misma, me impresionó el hecho de que fueran homosexuales dispuestos a todo con tal de obtener los favores y el dinero del joven de Polanco, mayor que ellos al menos ocho o diez años.

Volví con esta trama de la memoria a los edificios Condesa. Caminé en la noche, subí y bajé escaleras, como si quisiera exorcizar a la memoria y al miedo.

Todo me pareció más pequeño, menos amenazante, menos aterrador que el día en que un grupo de amigos adolescentes, los más jóvenes de la tribu, nos jugamos el alma y fuimos al lugar de los hechos, a ver el charco de la sangre seca de Germán.

El fantasma de Germán se vengó. La Bruja murió muchos años después en la calle de Michoacán perseguido por la Policía. Hay venganzas que tardan años en cumplirse.



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