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Ricardo Raphael

Del 14 al 7

Maestro en Ciencias Políticas por el Instituto de Estudios Políticos de París, Francia. Maestría en Administración Pública por la Escuela ...

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06 de mayo de 2013

Contra lo que algunas voluntades necias deseaban desde Washington, el tema de la seguridad no fue principal durante la visita de Barack Obama. Tampoco, como el gobierno mexicano lo había planeado, lo fue la integración comercial entre las dos naciones. Ambos temas, y otros más, se subordinaron a otro asunto más trascendente para ambas sociedades: la emergencia de México como una de las diez principales potencias del orden mundial.

Sólo quienes no quieren ver, por sus estereotipos y sus parcialidades, pueden permitirse negar lo obvio. La mayoría de los especialistas que se dedican a construir escenarios predicen un futuro notable para México en el siglo XXI. Argumentan que la nación mexicana cuenta con una alineación muy afortunada de circunstancias: su talla de población garantiza de manera estable una gran fuerza laboral; conecta, sin distanciar demasiado, a los dos Océanos comercialmente más importantes del orbe; es parte fundamental de Norteamérica —centro de gravedad del sistema internacional—; comparte una frontera muy extensa con el mercado más grande del mundo; y es vínculo privilegiado con las sociedades de habla hispana que se localizan en América Latina, Europa y los Estados Unidos. A lo anterior se suman unas finanzas públicas que muestran formidables condiciones de estabilidad, un sistema político que, aunque a trompicones, va haciéndose cada día más incluyente y una economía que promete diversificarse y ser más competitiva.

Todos estos elementos estuvieron presentes en el discurso que el presidente de los Estados Unidos pronunció el viernes pasado en el Museo de Antropología: “No obstante las dificultades por las que atraviesan los mexicanos de las ciudades y del campo, es muy claro que un nuevo México está emergiendo … Veo un México que está creando una nueva prosperidad.” El mensaje fue dirigido a los jóvenes, integrantes de una generación a quien le tocará ver pasar, frente a sus propios ojos, la transformación de su país. “Ustedes honran su herencia de miles de años, pero son también parte de algo nuevo, de una nación que se está rehaciendo a sí misma”.

El mensaje de Obama no proviene de una narrativa demagógica sino a una convicción creciente, sobre todo en los Estados Unidos. Acaso fue el banco de inversión, Goldman Sachs, el primero en asegurar que México se convertiría, en los primeros 50 años del presente siglo, en la economía número 5 del planeta (lugar que hoy ocupa Francia). De su lado, George Friedman, fundador de Stratford Intelligence y autor del libro The Next 100 Years, colocó a nuestro país en el 8º lugar, rol que actualmente tiene Italia. Otros análisis rigurosos nos ubican entre el 5º y el 10º puesto.

Friedman ha hecho una broma que debería tomarse muy en serio: dice que un primer problema para que este futuro ocurra radica en que los mexicanos no nos creemos la profecía. Un segundo problema estriba en que los estadounidenses abusan de nuestra incredulidad.

Más allá de esta ironía hay tres ostentosos desafíos colocados como monumental muro entre el presente y avenir: el desafío de la inclusión, el desafío de la seguridad y el desafío de la inversión.

Mientras México continúe ocupando el lugar número 60 en distribución per capita de la riqueza y tanto la educación como la innovación tecnológica no sean los principales motores del elevador social, mientras la inseguridad frente a la salud, la vejez, la violencia y la propiedad sean la norma y no la excepción y, mientras la inversión fija no domine sobre la inversión volátil, la cita con ese futuro prometido quedará aplazada hasta desvanecerse.

Durante la visita de Obama la semana pasada, Enrique Peña Nieto logró transmitir eficazmente su mensaje. A Estados Unidos le conviene un México fuerte y próspero, que al mismo tiempo sea un buen socio y aliado. Por ello tiene virtud que la complejidad de las agendas se exprese en los diálogos bilaterales; lo anterior, en sentido contrario a lo sucedido durante los últimos doce años, cuando el expediente reinante fue el de la seguridad. Obama otorgó razón y, sin embargo, también advirtió que sin resolver la inseguridad todo lo demás son sueños de opio.

Al menos desde el plano discursivo, ésta ha sido una de las visitas más interesantes que un presidente estadounidense haya realizado a nuestro país.

 

Analista político



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