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Rafael Pérez Gay

Los gatos lo sabrán

Ha publicado cuento (Me perderé contigo, Llamadas nocturnas, Paraísos duros de roer) y (El corazón es un gitano), novela (Esta vez para siem ...

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02 de mayo de 2013

Twitter: @RPérezGay

Un laberinto de azares desdichados me ha traído al Instituto Nacional de Neurología, al fondo del sur de esta sucursal del infierno que llamamos Ciudad de México. No voy a exagerar: he conocido médicos extraordinarios en un instituido de clase mundial. Camino despacio por los patios por donde los gatos nos observan desde sus ojos desconfiados y soberbios. Camino lento como si esperara algo, pero no espero nada. Lo que no habrán visto y oído estos gatos neurólogos, casos extraños, desesperados, graves, mortales, todas la alteraciones de la mente, del telar encantado, como ha llamado Bruno Estañol al cerebro.

Apuesto que los gatos conocen el caso del cerebro de mi hermano, enfermo desde hace años de unas dagas invisibles dentro de la cabeza que lo han postrado en una silla de ruedas cuya dirección es el limbo.

Me detengo frente a una puerta de cristal con un cerebro impreso. Alguna vez escribí que esta zona de Tlalpan fue un lugar de fincas y casas de campo, huertas amplísimas, grandes jardines, lagos, altos muros de adobe, calles abismadas en el silencio. Este territorio de piedras volcánicas y fuentes brotantes emergió del desastre. Las calamidades destruyen y crean regiones inimaginables. En estos días, por cierto, busco regiones devastadas en mí mismo. Todos buscamos esas regiones cuando nos sorprende la adversidad.

El magma del Xitle sepultó a los pueblos cuicuilcas, los ríos desviaron su cauce bajo una capa de lava de ochenta metros. Mientras se enfriaba la superficie del pedregal, en las profundidades la lava seguía en movimiento. Los gases buscaron su propia salida formando enormes grietas que se convirtieron en cuevas. Las corrientes de agua trasminaron la piedra porosa en el fondo de la tierra y emanaron fuentes cristalinas, manantiales en el pedregal y entre el bosque. Un edén petrificado. Así ocurre en las profundidades de la cabeza, pensé, mientras veía el cerebro de la puerta de cristal y su apotegma: cerebrum divina lux ratio: cerebro, luz divina, la razón.

En una oficina que da a un patio central fresco, los médicos observan el cerebro de mi hermano. Lilia, su pareja de toda la vida, y yo vemos negativos, placas, cortes extraños, acercamientos al bulbo raquídeo, donde ha ocurrido una última desgracia. Los neurólogos nos explican con una claridad de escalofrío lo que ha ocurrido allá adentro. Lóbulo frontal, la zona de Heschl, donde se produce el habla, el área de Broca, en fin.

Voy a ahorrarme de momento los detalles. Las noticias, las peores. Mientras veo las imágenes de las múltiples resonancias y tomografías, me pregunto en qué parte de esas luces y sombras del cerebro de mi hermanos está Piedra de Sol de Paz, el poema que mi hermano era capaz de decir de memoria en su mayor parte; dónde quedó García Lorca, que le encantaba improvisar a la menor provocación; dónde la memoria, en qué surco está mi madre, es decir el recuerdo de mamá, dónde el padre. ¿Todo se ha perdido? ¿Así, de un plumazo, empezamos a ser nada, nadie, nunca?

Le digo a mi hermano en silencio: ¿en qué mundo vives? Y me responde en silencio, nuestro único leguaje, con una mirada habitada por el odio y el miedo, algunos le llaman mirada perdida, pero yo la encontré en su cara y la rigidez de sus brazos y sus piernas el día en que perdió el lenguaje, la capacidad para hablar.

Pienso en esos nombres y personas que habitan en el cerebro, en la memoria, mientras oigo: enfermedad neurodegenerativa, una pariente de la esclerosis múltiple; padecimiento de vasos pequeños, o sea una multitud de pequeños infartos cerebrales; quizás una parálisis supranuclear progresiva y alguna cosa más que olvidé porque veía por la ventana a un gato neurólogo muy serio que movía la cabeza de un lado a otro como diciendo: qué barbaridad, qué salvajada.

Lo pongo así: he perdido a mi hermano mayor, lo perdí en la casa a oscuras en que se convirtió su cerebro la mañana en que me di cuenta de que olvidaba nombres, decía unas palabras por otras y disminuía su notable capacidad expresiva y facilidad prodigiosa para los idiomas. Abres una ventana y es de noche y hace un tiempo inclemente, del carajo.



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