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José Fernández Santillán

Venezuela en la encrucijada

Recibió el título de doctor en Historia de las Ideas Políticas por la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de Turín (1983); se ...

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19 de abril de 2013

Avatares del destino, Hugo Chávez tenía preparado para Venezuela otro calendario. Una vez que ganara las elecciones en octubre del año pasado y se recuperara del mal que padecía, pensaba gobernar sin dificultades ad infinitum; pero no contaba con que el cáncer lo iba a retirar del cargo y de la vida más pronto de lo que pensaba. Lo que hoy está sucediendo en Venezuela, en efecto, fue un imponderable, no estaba programado: la muerte prematura del líder y las consecuentes elecciones anticipadas con un resultado sorpresivo cambiaron el escenario.

En el cálculo de conveniencia de Chávez todo había sido dispuesto para que el poder siguiese concentrado en su persona y de allí se pudiese proyectar con mayor vigor hacia el exterior para conquistar nuevas áreas en el continente americano y el Caribe y estableciese nuevas alianzas en otras latitudes. Dicho de otra forma: no se entiende el chavismo sin esta doble condición, es decir, como proyecto hegemónico al interior y como proyecto “antiimperialista” a nivel internacional. Por supuesto, el poder personal acumulado por Chávez se puso, desde un principio, por encima de las leyes y las instituciones.

El problema del populismo es que depende de la presencia de un líder carismático en estrecha relación con las masas sociales; pero cuando ese líder falta el régimen comienza a desdibujarse. Nicolás Maduro trató por todos los medios, durante su breve campaña electoral, de mantener incólume la fortaleza del sistema erigido por su antecesor: convocó al voto sentimental, usó la imagen del caudillo, su féretro, cantos, frases, y hasta la comunicación esotérica con un pajarito. Pero nada detuvo el declive: el partido chavista perdió casi 10 puntos en relación a los comicios de octubre. Si es que en realidad ganó, se trata de una victoria pírrica: Maduro contó con la bendición de Chávez, con los recursos del gobierno y con los medios de comunicación oficiales. Aun así no pudo evitar el desplazamiento de una buena parte del electorado de un partido a otro.

Conclusión: es muy difícil, por no decir imposible, sostener un sistema político basado en la figura de un hombre cuando ese hombre ya no está. Ese es y será el reto mayor para el régimen venezolano de ahora en adelante, si es que logra sostenerse en pie.

Según los resultados oficiales la oposición no ganó, pero avanzó. Y avanzó bastante. Tanto así que ha puesto en entredicho los conteos del Consejo Nacional Electoral: la diferencia entre Maduro y Capriles es menor a dos puntos. A Maduro se le adjudica 50.75%, en tanto que a Capriles se le reconoce 48.98%. Los partidarios de Capriles hablan de por lo menos 3 mil 200 irregularidades registradas durante el proceso. Por eso se pide el recuento de votos. Con todo y que la competencia no fue equitativa y que las cifras dadas a conocer están cuestionadas, la oposición forma un contingente bastante respetable; no puede ser ignorada ni borrada de un plumazo. Allí está, dando la batalla para sostener su espacio.

Algunos analistas del régimen chavista consideran que ese sistema en realidad es una dictadura con un revestimiento de democracia procedimental. Por lo menos Hugo Chávez mantuvo las apariencias al permitir que funcionaran los procedimientos y las expresiones propias de la democracia liberal, si bien con los dados cargados. En cambio, lo que Nicolás Maduro quiere, en su desesperación, es “radicalizar la revolución”: imponer la mano dura, no permitir las manifestaciones de disidentes, llamarlos fascistas e intolerantes, inventar que sus oponentes están planeando un golpe de Estado, desconocer a Carpiles como gobernador de Miranda. Decir que tarde o temprano su enemigo tendrá que comparecer ante la justicia. En pocas palabras: ¡fuera máscaras!

 

Profesor de Humanidades del ITESM-CCM



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