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Héctor de Mauleón

La colonia Santa María la Ribera en ruinas


08 de abril de 2013

Twitter: @hdemauleon
demauleon@hotmail.com

Santa María la Ribera es la colonia más antigua de la ciudad de México. Inaugurada en 1861 sobre los terrenos de la antigua hacienda de la Teja, marcó la explosión inicial de una ciudad que un siglo y medio más tarde se ha convertido ya en la segunda más grande y más extensa del planeta.

Los 32 lotes que los hermanos Joaquín y Estanislao Flores pusieron a la venta en esos días (“México tiene sin duda que crecer, y todo anuncia que será hacia el lado poniente”, se leía en la publicidad del nuevo fraccionamiento), iniciaron el alejamiento de esta urbe del sitio en que la habían dejado los conquistadores españoles.

Las crónicas cuentan que la colonia nació sin servicios: carecía de luz, de agua, de empedrados y embanquetados. Los ricos que deseaban apartarse de las epidemias, de la insalubridad del centro, la llenaron de árboles, y de caserones exultantes, y la convirtieron en uno de los sitios más hermosos de la capital.

El auge de las colonias Juárez, Roma y Condesa hizo que las clases acomodadas la abandonaran: Santa María la Ribera se resignó a admitir un destino más modesto. Quedaron allí los caserones, como viudas decrépitas y melancólicas. El Metro la llenó de micros y de puestos de tacos. El regente Hank González la demolió de tajo: donde antes hubo casonas misteriosas, porfirianas, impuso el eje vial que la atraviesa como una cicatriz gangrenada.

Mugre, basura, polvo, informalidad, hacinamiento y destrucción. La escena se repite en cada esquina de ese barrio inigualable. Aquí y allá hay puertas clausuradas, muros que se caen a pedazos, hilachos de cortinas que asoman por ventanas en las que ya no existen vidrios —y que se agitan bajo el viento como pañuelos que despidieran a alguien.

Salvador Díaz Mirón 69. Junto a una tienda de pinturas e “igualado de colores”, al lado de una “auto boutique” de “instalado de alarmas y estéreos”, queda el frontispicio en ruinas de un antiguo teatro porfiriano.

Sobre la puerta de entrada, con los emplomados rotos, hay una marquesina de hierro forjado, y más arriba, un letrero desvaído que no han logrado borrar ni la lluvia ni el tiempo. El letrero anuncia que en ese sitio estuvo alguna vez el “Teatro Bernardo García”. El edificio luce en total abandono. Toco varias veces. La voz cascada de una mujer mayor (debe ser muy mayor: tanto, que su voz parece dos voces), me informa que no puede abrir “porque afuera hace mucho aire”. El investigador José Santos Valdés ha descubierto que la memoria de ese teatro no permanece siquiera en la tradición oral de la colonia.

El teatro Bernardo García, sin embargo, ocupa un lugar de honor en la historia de México. En ese sitio, Antonio Caso, Pedro Henríquez Ureña, Ricardo Gómez Robelo y Alfonso Cravioto, entre otros, fundaron el Ateneo de la Juventud, el gran proyecto cultural del siglo XX mexicano. Ahí impartieron, en 1909, la serie de conferencias que iniciaron, “envueltas en motivos espirituales”, la demolición del porfiriato.

El teatro era parte del Casino de Santa María, en donde los hombres prominentes de la colonia realizaban bailes, conciertos y banquetes. Había sido inaugurado en 1904 por el primer propietario de la casa, un rico minero de Chihuahua llamado, precisamente, Bernardo García. José Santos Valdés ha documentado su existencia, a través de la cartelera teatral publicada en los diarios de la época.

Con el Teatro Lírico, del que hoy sólo quedan el hall y la portada, el Bernardo García es el único ejemplo de arquitectura teatral porfiriana que se mantiene en pie en la ciudad. Según Santos Valdés, el auge de las “vistas cinematográficas” hizo que en la segunda década del siglo XX el teatro se convirtiera en un cine de vida efímera: Las Flores.

Bernardo García murió en 1922. Como la mayor parte de los edificios del barrio, su teatro está en ruinas. No queda rastro suyo en la tradición oral de la colonia, y no existe, tampoco, en la memoria de las autoridades. Ha resistido un siglo. No durará mucho más.



Editorial EL UNIVERSAL Embarazos adolescentes


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