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Jorge Chabat

Marcelo: el derrumbe de una imagen

Analista político y profesor de la División de Estudios Internacionales del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), donde tam ...

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26 de marzo de 2013

Marcelo Ebrard es sin duda uno de los políticos más hábiles que hay en México. En su larga trayectoria en la vida pública ha sabido sobrevivir a derrotas y reinventarse cuando los vientos han cambiado. Después de iniciarse en la política al lado de Manuel Camacho en las filas del PRI, abandonó ese partido luego de que el candidato del PRI a la presidencia no fue el propio Camacho e incluso fue candidato del partido creado por su mentor político a la Jefatura de gobierno del DF en el 2000 aunque finalmente declinó en favor de quien resultó ganador, Andrés Manuel López Obrador. Luego, a la sombra de AMLO, se posicionó en el DF al grado de ser el candidato de la izquierda en el 2006 para la Jefatura de gobierno, la cual ganó con relativa facilidad. Posteriormente, en medio del conflicto postelectoral del 2006, Marcelo logró mantener un delicado equilibrio entre su apoyo al Peje y la colaboración necesaria con las autoridades federales. En el 2012, a pesar de ser un posible candidato de la izquierda a la presidencia, con buenas posibilidades de ganar, declinó en favor de AMLO ante el chantaje que este último planteó a la izquierda. A pesar de ello, Marcelo terminó su gestión con un alto índice de aprobación y su candidato, Miguel Ángel Mancera, ganó de manera contundente la Jefatura de gobierno del DF, en buena medida como un reconocimiento a la gestión de Ebrard.

No obstante lo anterior, en las últimas semanas la imagen de Marcelo se ha venido desmoronando de manera rápida, al punto de que no sólo una candidatura a la presidencia para el 2018 se ve difícil sino que incluso las perspectivas de ganar la presidencia del PRD no parecen muy favorecedoras. De hecho, ya desde fines de su gobierno comenzaron a aparecer muestras de que su gestión no había sido ni tan eficiente ni tan transparente. Por un lado, en agosto de 2012 se reveló que el gobierno de Ebrard había otorgado contratos por más de 100 millones de pesos a empresas ligadas a AMLO. Por el otro lado, la colocación de la estatua del dictador azerbaijano Heydar Aliyev en pleno Paseo de la Reforma, a cambio de una jugosa donación del gobierno de ese país, desató un escándalo al final de su gestión que dio pie a especulaciones sobre el uso electoral de los recursos recibidos del gobierno de Azerbaiján y mostró una insensibilidad inaceptable en el tema de los derechos humanos. Aunado a lo anterior y en una búsqueda inexplicable de reflectores, a principios de febrero Ebrard decide lanzarse contra el Pacto por México y fustigar a la izquierda por no ser crítica de Peña Nieto. Con ello se distancia de sus potenciales aliados del PRD, los “chuchos”, sin que eso le garantice ninguna posición con la otra izquierda, la de Morena, que está en lo suyo y en cuyo proyecto Ebrard claramente no cabe. Finalmente, para acabar de derrumbar su imagen se difunde el dictamen de la Contraloría Superior de la Federación sobre la línea 12 del Metro, en el cual se habla de un sobreprecio multimillonario frente al cual el escándalo de la Estela de luz es un juego de niños. La cereza en el pastel es la revelación de que el director de la línea 12, Enrique Horcasitas, habría otorgado un contrato por 17 mil millones de pesos a la empresa en la cual su hermano es Vicepresidente del área de Construcción Civil.

Es probable que las acusaciones sobre irregularidades financieras en la gestión de Ebrard no tengan al final una consecuencia legal. No obstante, es evidente que éstas si han afectado su imagen. Al mismo tiempo, el pleito de Ebrard con el ala moderada del PRD no parece ser la mejor estrategia para apuntalar su futuro político. Ciertamente, no es la primera vez que los vientos políticos no le son favorables a Ebrard, a pesar de los cuales el ex jefe de gobierno ha podido reposicionarse con éxito en muchas ocasiones. Sin embargo, a corto plazo no parece que la situación le dé mucho margen de maniobra. Si no logra ganar la presidencia del PRD tendrá que esperar dos años para ver si logra obtener un puesto en el Congreso. En ese tiempo tanto López Obrador como Mancera se habrán fortalecido lo suficiente para ser los candidatos naturales de las dos versiones de la izquierda para el 2018, aunque también es posible que para entonces Marcelo ya haya podido remontar la corriente. En todo caso, lo que queda claro es que crear una imagen positiva toma muchos años y destruirla sólo unos meses.

 

jorge.chabat@cide.edu
Analista político e investigador del CIDE



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